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10/01/2026

En el país del sí me acuerdo: a 15 años de la muerte de María Elena Walsh, su lucha contra el machismo y la desigualdad de género

Fuente: telam

La poeta, cantante, compositora, novelista, guionista no solo fue Doña Disparate o la Reina Batata indiscutida. Además de sus canciones y universos creados para las infancias, escribió sobre sexismo, misoginia, mandatos y roles asignados a las mujeres en la sociedad. Publicó esas reflexiones en diarios y revistas, las leyó en columnas radiales, las cantó en discos y escenarios. Y en 2024 un libro las compiló, exhibiendo otra veta de la artista, una que le agrega a su lista de atributos una reivindicación política: el mote de pionera feminista

>Cuando todavía no había aparecido en la Argentina el colectivo Ni una menos, ni habían salido a las calles miles de chicas reclamando por el fin del patriarcado, “Las mujeres, como los negros, los colonizados, la clase trabajadora, a medida que tomamos conciencia, menos queremos dádivas; queremos lo que nos pertenece por derecho y nos arrebatan día a día, es decir, todo. Las mujeres, que fuimos custodias de la vida —para que fuera rifada en guerras—, queremos más que nunca defenderla de los fabricantes de muerte. Pero según, cómo y cuándo lo determinemos nosotras”, sentencia Walsh. Y sus palabras a modo de manifiesto suman a su lista de atributos y cualidades una reivindicación política, la de haber sido pionera feminista.

Hace unos años, una muestra en la Biblioteca Nacional titulada “Emancipadxs. Estereotipos, luchas y conquistas” recorría desde las primeras publicaciones escritas y dirigidas por mujeres en el siglo XIX, en Argentina, hasta la formación del movimiento Ni Una Menos y, de esa forma, recuperaba los antecedentes históricos de las luchas de los movimientos de mujeres en el país.

“1. Porque le falta el principal de los sentidos: el del humor.

3. Porque cree todo lo que le dicen los medios (o miedos) de difusión de la Argentina actual, y ya tiene el cerebro más lavado que mate cebado por un polaco.

5. Porque su mamá es una bruja, por lo tanto las demás mujeres también.

7. Porque en realidad le gustan más los hombres, aunque no ejerza”.

Textos como este compiló El feminismo. Textos que muestran que Walsh fue tanto más que la Reina Batata indiscutida de las canciones de chicos y grandes. Que fue mucho más prolífica, mucho más sarcástica, divertida y heterogénea de lo que usualmente se conoce de ella. Que la desigualdad de género en términos de desigualdad de derechos, el machismo y el feminismo eran temas que la atravesaban, la sacudían y los que intentaba poner en agenda desde sus múltiples escenarios, parada en las tablas o en los medios, cada vez que tenía la posibilidad. “Aunque tal vez [estos textos] no fueron comprendidos en profundidad en su momento”, escribió la fotógrafa Sara Facio, que fue pareja de la autora desde inicios de la década del 80 hasta su muerte, el 10 de enero de 2011.

Facio fue quien seleccionó los materiales que forman El feminismo de Walsh, ilustrado en tapa con una foto hecha por ella. Poco después de la presentación del libro la fotógrafa murió. Como si hubiera querido dejar un último homenaje antes de partir. Una marca más en el inagotable legado de Walsh. Y en el suyo.

El texto inédito que abre el libro se titula “Qué es el feminismo”. La autora responde, también en formato lista:

“Es una respuesta al odio que la sociedad masculina, pasada y presente, siente por la mujer.

Es búsqueda de fraternidad entre las mujeres.

Es conocerse a sí misma, no competir con el varón.

Es comprender que muchas desgracias femeninas no son ordenadas por Dios ni la Naturaleza sino por los hombres para su comodidad.

Es rechazar las imágenes con que la sociedad nos encasilla: prostitutas o diosas, mártires o brujas.

Es comprender que todas las revoluciones que trajeron algún progreso parcial no contemplaron los problemas específicos de la mitad de la humanidad”.

“Es buscar la libertad sin atender a dómine o que nos sigan señalando cuándo, cómo y cuánto.

Es querer, una vez integradas, cambiar radicalmente una sociedad basada en la violencia, la explotación y la represión.

Es comprender que las mujeres excepcionales no hacen sino confirmar la regla general.

Es comprender que la caridad empieza por casa, pero casa es el mundo.

En los 70, cuando en el país nacían agrupaciones como la Unión Feminista Argentina y el Movimiento de Liberación Feminista en los que activistas de clase media, alta e intelectuales traían libros de Estados Unidos sobre feminismo radical para traducir, Walsh se involucró en la corriente que trabajaba sobre feminismo y política. Ella, junto a la escritora Angélica Gorodischer y a la cineasta María Luisa Bemberg, se transformó en una de las artistas representantes del movimiento de esos años.

En el artículo titulado “Virginia Woolf y los secretos de la tribu femenina” (publicado en Clarín, en 1993), escribió sobre el ensayo que fue su obsesión en la juventud y que se transformaría en ícono de la literatura feminista: “Un cuarto propio. Eso necesitaba la mujer para escribir. Y una renta, por ser la desheredada de la familia y del Estado. Su extravagante amiga Vita Sackville-West tenía un castillo con 365 habitaciones, pero para escribir se embarcaba en cruceros por el mundo, y en los puertos no abandonaba el camarote. (...) Y Charlotte Brontë escribía en la cocina. Este último ejemplo fue citado en la primera crítica de Un cuarto propio, y de inmediato se ocupó Virgina de retrucarla: no deseaba para sus congéneres un destino desdichado como el de las Brontë, quería que cualquier señorita Gómez o Pérez contara con una renta y un espacio en la casa, amén de un sitio en los centros de estudios vedados a las mujeres”.

María Elena Walsh colaboró en las revistas El Hogar, Realidad, La mujer y el cine, Sur, Humor, y en los diarios La Nación y Clarín, entre muchas otras publicaciones donde cargaba tintas para despacharse sobre la desigualdad de género que la interpelaba. No se amedrentaba ante dictadores ni representantes de Dios en la Tierra. No se andaba con falsas diplomacias ni solemnidades de plástico.

En ese texto empezaba a definir, implícitamente, el concepto de sororidad: “Querría empezar esta carta llamándote hermana, sea cual fuere tu edad y tu condición social. En realidad el parentesco es novedoso, un descubrimiento reciente del Movimiento de Liberación Femenina. Hasta ahora, sólo fueron hermanas las monjas y al parecer no por ser hijas del mismo padre sino por ser esposas del mismo esposo, ¿no? Porque hijos de Tata Dios somos todos. En la Gran Familia Argentina los varones fraternizan, se abrazan ruidosamente, se llaman ‘¡Hermano!’ con tanguero fervor (...). Pero las mujeres nunca hemos sido hermanas sino entes aislados, parias sociales, menores de edad instigadas a traicionarse. A pesar de todo, nos ha hermanado nuestra común condición de sombra, nuestro condicionamiento como satélites, sujetas a implacables reglamentos (...)”.

En otro texto publicado en Clarín en 1979, titulado “Feminismo y no violencia”, escribe su despedida a Victoria Ocampo. Allí se lee: “Victoria Ocampo aprende muy temprano que la causa más original, más determinante de nuestro tiempo, la verdadera revolución cultural, es la emprendida por las mujeres. Es testigo de las batallas libradas en las primeras décadas del siglo por las sufragistas, a quienes tiene la osadía de elogiar y agradecer, cuando es un grosero lugar común aludirlas con insidiosos epítetos, cuando es mucho más cómodo ignorarlas, amparándose en el privilegio y la excepción”.

Lo impactante —o quizás terrorífico, frustrante— de sus textos feministas es que no se gastaron con el paso de los años. Walsh podría haberlos escrito hoy: “Decime cuántos no verían con malos ojos que una mujer se niegue a la maternidad y diga: ‘Me revienta ser madre y tener hijos’. La verdad, muy pocos”. Decía en una entrevista con Página/12 en el año 2008. “Y ahí es donde se nota que en nuestro país no ha habido feminismo —seguía entonces—. O que si lo ha habido, ha sido una versión tímida, blandengue, autoencerrada por miedo, por pudor, por lo que sea. En países donde existió y existe el feminismo, se habla de estos temas con mucha más franqueza. Y en la Argentina, mal que nos pese, aún estamos lejos de arriar la bandera del machismo”.

Pasó una década desde que se izó, alta en el cielo, la bandera feminista, si se marca como hito histórico determinante la creación del Ni Una Menos y su primera marcha masiva en 2015 —al margen de que en Argentina los movimientos de mujeres que luchaban por la igualdad de género existían desde el principio—. La bandera de un movimiento que pedía pista porque las mujeres eran masacradas sin miramientos. Hubo luchas y conquistas. Agenda y organismos dedicados a políticas de género. Los feminismos crecieron. Vibraron. Intervinieron en cada disputa y trabajaron por cada derecho. Supieron ser olas y mar. Ser rizomas para nuevas generaciones. Y ahí —acá— siguen. Más contenidos o agazapados. Corridos del centro de la escena por discursos desacreditadores. Quizás un poco desmoralizados. Pero con las mismas convicciones. Dispuestos siempre a resucitar. Y a seguir cantando.

Fuente: telam

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