Sábado 10 de Enero de 2026

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10/01/2026

María Elena Walsh: un homenaje a la artista inabarcable que sigue haciendo grandes las infancias y devolviendo infancia a los grandes

Fuente: telam

El 10 de enero de 2011, hace 15 años, moría la poetisa, novelista, dramaturga, autora y cantante que marcó a tantas generaciones, y lo sigue haciendo. La que hizo frente a la censura, luchó por los derechos de las mujeres, encarnó versos con ternura y con bravura, plantó cara a los militares, se fue, regresó y siempre siguió así, resucitando

>Cuando murió, hace ya quince años, parte de nuestra infancia se fue con ella. Como la cigarra, María Elena y quienes entonces eran sus infantes, también eran sobrevivientes que volvían de una guerra en un país que no daba libertad, ni progreso, ni calor de hogar; habían crecido entre golpe militar y golpe militar, en un ambiente mohoso y turbio que daban los entorchados, los alamares, el incienso y las sombras, y que se prolongó por más de medio siglo, lo suficiente para mutilar sueños, ideas y esperanzas de más de una generación. Sin embargo, seguían cantando.

Para aquellos chicos, también para los de hoy, y para aquellos adultos, y para los de hoy, cantó María Elena con la receta de Tolstoi: pintar tu aldea para pintar el mundo. Lo hizo con un pincel, un trazo y una hondura que no tienen reposición. Cantó con picardía, con elegancia, con ironía, con una irrefrenable melancolía y con un humor imbatible, a prueba de espadas y de balas, las desventuras de una sociedad a la que iba a retratar como una víctima de la censura en agosto de 1979, cuando publicó en el suplemento cultural de Clarín su inolvidable “Desventuras en el País Jardín de Infantes” con el que le plantó cara a la dictadura militar que estaba entonces en pleno apogeo. Era, además, una mujer valiente que no perdió nunca la ternura, ni para decir las cosas más duras.

¿Ven? Esto pasa. Cada vez que se cuenta un tramo de la vida de María Elena, aparece siempre una de sus canciones, de sus poemas, de sus reflexiones, que mueven los cimientos de cualquier plan de escritura. Sus palabras, las que elegía para cantar a los chicos y hablar a los grandes, estaban cargadas de música, de ritmo; jugaban con los sentidos de quien las escuchaba y, de paso, dejaba una receta no escrita para el buen entendedor: según combines esas palabras musicales podés jugar a ser Mozart, o a ser el señor Juan Sebastián.

María Elena Walsh nació el 10 de febrero de 1930, siete meses antes del primer golpe militar en la Argentina, en Villa Sarmiento, en el partido de Morón. Aprendió a leer a los cuatro años —eso le cambia la vida a cualquiera—, cursó la primaria en la escuela número 21 General Manuel Belgrano a la que se incorporó a los siete años y en tercer grado porque sabía leer y escribir muy bien. Alguna vez se retrató como una chica “bastante difícil, díscola, muy solitaria, muy melancólica, y de pronto abrupta, huraña”. Sus biógrafos aseguran que cierto autoritarismo del padre hacia su madre signó parte de esa infancia algo dolida, y despertó el pensamiento de María Elena en defensa de la mujer.

A los doce años, y por propia decisión para perfeccionar sus dotes en la pintura y el dibujo, ingresó en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, a la que apuntó de lleno el golpe militar de 1943, que, en plena Segunda Guerra Mundial, terminó con las simpatías del gobierno anterior hacia los Estados Unidos para apostar por el nazismo. María Elena enfrentó a la censura y a la sinrazón desde muy chica: sabía de qué hablaba en 1979 cuando escribió sus desventuras en el país jardín de infantes: “Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista! estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir (…) Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. (…) El ubicuo y diligente censor transforma uno de los más lúcidos centros culturales del mundo en un Jardín-de-Infantes fabricador de embelecos que sólo pueden abordar lo pueril, lo procaz, lo frívolo o lo histórico pasado por agua bendita. Ha convertido nuestro llamado ambiente cultural en un pestilente hervidero de sospechas, denuncias, intrigas, presunciones y anatemas”.

Junto a la escritora tucumana Leda Valladares, con quien compartía entre otras cosas el rechazo al peronismo, formaron un dúo que recopiló el folklore tradicional argentino; se radicaron en París donde grabaron sus primeros discos y actuaron en restaurantes y cabarets como el Crazy Horse o La Guitarre donde presentaron un espectáculo que recopilaba canciones propias y de autores contemporáneos, todas con aires del viejo romancero español: lo llamaron “Canciones del tiempo de Maricastaña”. En París grabaron “Cantos de Argentina”, en 1954 y, al año siguiente, “Bajo los cielos de Argentina”, con temas tradicionales y obras de Atahualpa Yupanqui, también radicado en París. Regresaron al país en 1956, tras la caída de Perón, grabaron dos discos con canciones folclóricas tradicionales y actuaron en Canal 7 llevadas por la directora María Herminia Avellaneda.

Sin ser peronista, sino casi todo lo contrario, María Elena escribió un himno dedicado a Eva Perón. Son palabras de impresionante bravura que no significaron un renunciar a sus ideas, sino que mostraba el retrato despiadado de una personalidad única y de la época feroz que siguió a su muerte en 1952: “No sé quién fuiste, pero te jugaste. / Torciste el Riachuelo a Plaza Mayo, / metiste a las mujeres en la historia /de prepo, arrebatando los micrófonos, / repartiendo venganzas y limosnas. / Bruta como un diamante en un chiquero / ¿quién va a tirarte la última piedra? / Quizás un día nos juntemos / para invocar tu insólito coraje. / Todas, las contreras, las idólatras, / las madres incesantes, las rameras, / las que te amaron, las que te maldijeron (…) No descanses en paz, alza los brazos / no para el día del renunciamiento / sino para juntarte a las mujeres / con tu bandera redentora / lavada en pólvora, resucitando.(…) Tener agallas, como vos tuviste, / fanática, leal, desenfrenada (…) Agallas para hacer de nuevo el mundo. / Tener agallas para gritar basta / aunque nos amordacen con cañones”.

Menguada en parte la actuación en dúo con Valladares, seguirían rumbos diferentes en 1963, María Elena se lanzó de lleno a escribir canciones infantiles. De nuevo fue María Herminia Avellaneda quien le propuso hacer en televisión un espectáculo que Walsh hacía en teatro: Tutú Marambá, que terminó en Doña Disparate y Bambuco. Surgieron personajes entrañables como el Mono Liso y, en especial, la tortuga Manuelita. A propósito de Manuelita, pobre, que fue a hacerse un lifting a París con la idea de conquistar, o sorprender, o seducir a su tortugo que la esperaba en Pehuajó, y tardó tanto en regresar que lo hizo “vieja como se marchó”, el poema, además de ensalzar la inutilidad de intentar detener el tiempo a través del bisturí, incluye un par de estrofas que por lo general no se cantan. Una de ellas, tal vez, porque un costado anacrónico la saca de época; pero se trata de cuatro líneas que rezuman libertad: María Elena no se las iba a perder. Dicen esos versos: “Manuelita por fin llegó a París / en los tiempos del Rey Luis. / Se escondió bajo un colchón / cuando la Revolución, / y al oír la Marsellesa / se asomó con precaución”.

Y con respecto al reino del revés, una típica canción infantil donde los osos caben en las nueces, y vive “un perro pequinés / que se cae para arriba y una vez / no pudo bajar después”, sus versos no desdeñan una mirada adulta hacia aquella realidad de hace sesenta años, ni siquiera alejada de la de hoy: “Me dijeron que en el Reino del Revés / nadie baila con los pies, / que un ladrón es vigilante y otro es juez, / y que dos y dos son tres”. Eso, dos y dos son tres.

Entre 1968 y 1975 María Elena Walsh se dedicó a escribir para adultos. También para los que conservaban el alma de un chico, que los hay; son raros, pero los hay. Escribió entonces algunas obras memorables, quizás olvidadas hoy, a la espera del rescate. “Serenata para la tierra de uno”, por ejemplo “Porque me duele si me quedo / Pero me muero si me voy / Por todo y a pesar de todo, mi amor / Yo quiero vivir en vos. / Porque el idioma de infancia / Es un secreto entre los dos / Porque le diste reparo / Al desarraigo de mi corazón / Por tus antiguas rebeldías / Y por la edad de tu dolor / Por tu esperanza interminable, mi amor / Yo quiero vivir en vos”. O “Barco quieto”, por ejemplo, que incluye el ruego más desesperado y despojado que alguien pueda hacer: “No te vayas, / quédate / Que ya estamos de vuelta de todo / Y esta casa es nuestro modo / de ser”. O la profunda “Zamba para Pepe”: “Cuando un amigo se va, nadie nos devolverá / todo el corazón que le prestamos, tanta compartida soledad / Un amigo nuevo no es lo mismo, Pepe / nos quiere por la mitad”.

¡Cuánto escribió María Elena Walsh! Y qué bien recibida fue entonces su poesía y sus canciones en los tiempos en los que nadie pensaba en el olvido, antes de que llegaran los relojes. En 1968, un recital suyo en el Teatro Regina, conocido por sus títulos, “Juguemos en el mundo” o “Show para los ejecutivos”, que había sido programado para una semana, duró un año entero con entradas agotadas.

En 1969 estrenó canciones —esta es una evocación arbitraria, parcial y hasta acaso equivocada— que oscilaron entre la nostalgia por el ayer, como “Fideo Fino”, hasta la furiosa y arrebatada “Canción de cuna para un gobernante”: “Hombres, niños, mujeres, es decir, nadie / parece que no quieren que tú descanses. / Rozan con penas chicas tu sueño grande, / cuando no piden casas, pretenden panes. / Gritan junto a tu cuna: “¡no te levantes!”, / aunque su grito diga: “oíd, mortales. / Duérmete oficialmente, sin preocuparte / Que sólo algunas piedras son responsables / Que los lirios del campo no tienen hambre / Que ya te están velando los estudiantes / Y el lucero trabaja para la cárcel”. Junto con esa poesía vehemente y descarnada, también deslizó una obra maestra del sarcasmo, “Sapo Fierro”: “Yo nací en una laguna / y mi cuna fue de lodo, / cosa que de ningún modo / me puede desmerecer: / que a la hora de nacer / renacuajos somos todos / A este fondo no rodé, / me mudé con gran trabajo. / Yo no soy un estropajo, / ni por desidia me hundo: / no es lo mismo ser profundo / que haberse venido abajo”.

Volvía a cercarla la censura después del golpe militar de 1976: ya no podría cantar casi ninguna de sus canciones: el Comfer (Comité Federal de Radiodifusión) que lucía con orgullo las “listas negras” de las canciones, los autores, y cantantes prohibidos —muchos de ellos habían partido al exilio— prohibió también la difusión de “Gilito del Barrio Norte”: “Gilito de Barrio Norte, / Que la vas de guerrillero, / y andas todo empapelando con el Che, / anunciándole a Magoya / que salió la nueva ley. / Hablas mucho del obrero, / pero el único que viste / es un peón de una cuadrilla en la calle Santa Fe. / Vos la única guerrilla / que peleás de coronel es la que te dan las minas / en las whiskerías finas / donde sentaste cuartel”, un texto duro y disgustado que contrastaba con una rumbita fresca y movediza, “Sábana y mantel”; “(…) Uno manchado de vino / que señal de gozo es / Y la otra humedecida / con rocío de querer / Que no le falten a nadie / En este mundo tan cruel”.

La democracia recuperada en 1983 le abrió un espacio en la televisión junto a Susana Rinaldi y a su vieja amiga María Herminia Avellaneda: La cigarra, donde, además de divertirse como locas, lanzar dardos afilados hacia los nostálgicos de la pasada dictadura, las tres encarnaron uno de los primeros ciclos televisivos enfocados hacia el feminismo. “Como la cigarra”, cobró entonces enorme fuerza, casi como un himno, simbólica por aquello de tantas veces me mataron, tantas veces me morí… y seguí cantando.

En los últimos años recibió los honores, no todos, que merecía su vida rica e inagotable, su dedicación a la cultura, a las letras, a la música, a la infancia, a su país de jardín de infantes. En 2005, se le diagnosticó una grave osteoporosis que le provocaba fracturas espontáneas de huesos delgados y la sometía a intensos dolores: debió usar una silla de ruedas en la que trataba de permanecer casi inmóvil y sedada con fuertes calmantes. En 2008, sin perder el humor dijo: “No quiero salir del país, ni de la ciudad, ni de mi casa, ni de mi cama”. Lo hizo para ser recibida en Casa de Gobierno por Cristina Fernández de Kirchner.

Aquellos rasgos de infancia que describió con precisión, “una chica bastante difícil, díscola, muy solitaria, muy melancólica, y de pronto abrupta, huraña”, la acompañaron toda su vida; fuera de su círculo íntimo, era una mujer de carácter un poco áspero, arisco, algo retobado: una capa que ocultaba el gran rompecabezas de ternura que deshilaban sus poemas y sus canciones.

Cuando murió, hace quince años, acaso también María Elena haya tomado un tranvía para el olvido. No sería justo, pero quién sabe si hoy, en tiempos de celulares y de Tik Tok, los chicos se aventuran a saber quién fue esa enorme montaña gris llamada Dailan Kifki, o cómo fue que plancharon en francés a la tortuga Manuelita.

Y que todavía estamos aquí, resucitando.

Fuente: telam

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