10/01/2026
Grilletes rotos y pánico: la fuga de ocho presos del puerto de Buenos Aires que no querían ser enviados a la cárcel de Ushuaia
Fuente: telam
Fue en la mañana del 10 de enero de 1925 cuando estaba por zarpar el barco que los llevaría al sur. Hubo forcejeos, disparos y detenidos que corrían en todas direcciones, que se confundieron con la gente que iba a despedir a sus familiares y amigos
>Era habitual que en la Penitenciaría Nacional, que funcionaba donde ahora está el Parque Las Heras, en el barrio de Palermo, se confeccionasen listas de presos que se trasladarían al presidio de Ushuaia, de acuerdo al delito cometido, su historia delictiva, su conducta, su comportamiento en los talleres y si recibían o no visitas. Allí compartirían celda con penados que purgaban las penas más graves y los que recibían la accesoria de reclusión por tiempo indeterminado, por lo general los reincidentes.
Los buques que usualmente se destinaban a estos viajes eran el “1 de Mayo”, “Ushuaia”, “Chaco”, “Pampa” y “Patagonia”, entre otros. Eran encerrados en la bodega junto a la carga y al carbón para alimentar los motores, y disponían de latas donde hacían sus necesidades. En ocasiones, cuando el capitán se compadecía, los hacía subir a cubierta a que respirasen aire fresco, porque la navegación duraba un mes, ya que hacían escalas en los distintos puertos de la costa patagónica.
En la noche del 9 de enero de 1925 hubo un traslado. Pero por su uso, los grilletes no eran tan seguros como parecían y, para abaratar costos, los presos en lugar de ir en un buque de la Armada fueron subidos a la bodega del “Buenos Aires”, un vapor que llevaría pasajeros hacia el sur.
Hubo presos que decidieron fugarse, intención que siempre estuvo presente en todos a los que se les comunicaba que los llevarían a Ushuaia. Esa misma noche, 103 presos fueron llevados a la bodega del barco, anclado en Dársena Sur. Partiría por la mañana. Custodiados por marineros armados, abordaron por una planchada iluminada por potentes reflectores. El capitán del buque era Enrique Mudrich.Cuando vieron que otros cinco penados armados con cuchillos saltaban a tierra firme y que corrían en distintas direcciones, hubo gritos y escenas de pánico.
El caso enseguida fue la noticia dominante por la espectacularidad de la fuga y porque entre los fugados había alguien conocido para la opinión pública. Sacomano había sido condenado por el homicidio de Elvira Silvia Salas, una chica de 21 años, empleada en la Unión Telefónica. El 11 de abril de 1923, en la esquina de Salguero y Aráoz, muy cerca de su domicilio, había sido asaltada por dos hombres cuando iba a tomar el tranvía 38. Uno de ellos intentó arrebatarle la cartera y ella se resistió. Entonces, el delincuente, acompañado por otros dos individuos, le dio un brutal puntapié en el vientre. La chica falleció esa tarde en el Hospital Fernández. En la cartera solo llevaba cuarenta centavos, lo justo para ir y volver del trabajo. El caso se lo conoció entonces como “el crimen de la telefonista”.
Cuatro lograron escabullirse del puerto pero fueron recapturados, la mayoría en el conurbano, como fue el caso de Pablo Groupón, sorprendido en la ciudad de Avellaneda. Había sido escondido por su amigo Sanguinetti en una pieza en la calle Mariano Acosta.
La historia terminó cuando los evadidos regresaron a la penitenciaría de Las Heras para ser nuevamente enviados a Ushuaia. Con los grilletes asegurados, los esperaba el infierno en la tierra.
Fuente: telam


