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12/01/2026

La belleza de la semana: “La mujer barbuda”, de José de Ribera

Fuente: telam

El retrato, conservado en el Museo del Prado, refleja la práctica cortesana de retratar cuerpos fuera de lo común en la Europa barroca

>Como la gran mayoría de pintores de su época, el español José de Ribera tuvo una profusa producción santa y pagana: escenas de la biblia y de la mitología griega, aunque también, retratos.

“El Españoleto” (Lo Spagnoletto), de quien hoy se cumple el 435 aniversario de su nacimiento en Valencia, comenzó de joven un viaje por Italia, que lo llevaría por Cremona, Milán, Parma y Roma, donde conoció las obras de los pintores que tendrían una notable influencia en su carrera, como los clasicistas Guido Reni y Ludovico Carracci y, sobre todo, al gran Caravaggio, a quien según algunos autores incluso podría haber conocido en persona; por supuesto, todas hipótesis.

Ya en Nápoles hizo una buena clientela, a fin de cuentas era entonces junto a Sicilia, Cerdeña y el Ducado de Milán parte de la Monarquía Hispánica, con la Iglesia católica y coleccionistas demandando obra suya. Allí vivió con el pintor Giovanni Bernardino Azzolini y, con su hija, Caterina Azzolino, quien con 16 años se convertiría en su esposa.

Sin embargo, de acuerdo a los especialistas, el reconocimiento no lo llegó tanto por su pintura, sino por sus grabados, los cuales eran admirados hasta por Rembrandt.

En este caso, la mujer, que tenía 52 años al ser pintada, padecía de hirsutismo: el crecimiento de vello siguiendo un patrón masculino en zonas como patillas, barbilla, cuello, areolas mamarias o tórax, entre otras.

Sin embargo, para que no quedarán dudas del género de la retratada, Lo Spagnoletto agrega en la escena a su marido y al bebé de ambos, dejando un pecho expuesto, como otro más cercano a la simbología del arte que se observan sobre la lápida de la derecha: un huso y una concha, que representan el concepto tradicional de hermafroditismo y la frase en latín “el gran milagro de la naturaleza”.

En la lápida, además, hay también una enorme declaración de la autoestima del pintor que, vista en estos tiempos, tiene cierta simpatía: “Pintó maravillosamente al natural, por encargo del virrey de Nápoles, el 16 de febrero de 1631”. Además, se identifica como miembro de la Orden de la Cruz de Cristo y se autodenomina “el otro Apeles”, evocando al legendario pintor griego, y ensalza, obviamente, a su mecenas Fernando Afán de Ribera y Téllez-Girón.

Hay, en el gesto del hombre, cierta resignación, y en el de ella una seriedad inusitada. No es una escena familiar per se, no hay tampoco una búsqueda de utilizar los códigos de la “santa” maternidad, la mirada tierna hacia el infante o una postura de brazos que revele afecto. Están allí, para ser inmortalizados, pero en ese acto no hay alegría. Es lo que les tocó.

El estilo naturalista con la persistencia del claroscuro de Caravaggio marcó la primera etapa de su obra, ya que progresivamente comenzó a abrirse hacia otra iluminación y un uso del color más cercano a Van Dyck y otros contemporáneos.

Fuente: telam

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