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31/01/2026

A 154 años del crimen de Felicitas Guerrero: las huellas del primer femicidio que la alta sociedad porteña quiso callar

Fuente: telam

El 30 de enero de 1872, el asesinato de la joven viuda a manos de Enrique Ocampo sacudió a la elite de la ciudad. Lo que entonces fue calificado de una “tragedia por amor”, hoy se reconoce como el caso que expuso la violencia de género en la elite de la Generación del 80 del siglo XIX

>A Felicitas, de 24 años, agonizó varias horas. Tras el crimen, Ocampo apareció muerto. La versión judicial sostuvo que se suicidó, aunque desde entonces circula otra hipótesis: que fue ejecutado por familiares de Felicitas en un acto de justicia privada. La verdad nunca quedó del todo establecida.

El caso dejó una marca profunda en la sociedad porteña de fines del siglo XIX, no solo por la brutalidad del hecho, sino por la posición social de los involucrados. Su muerte llevó a sus padres a levantar la Iglesia de Santa Felicitas en el lugar del asesinato, un espacio que con el tiempo se convirtió en símbolo de memoria y dio origen a una de las leyendas urbanas más persistentes de Buenos Aires.

En la Buenos Aires de mediados del siglo XIX, el nombre de Felicitas Guerrero comenzaba a circular con admiración y expectativa. Había nacido el 26 de febrero de 1846, en una casa de la calle México, en el corazón porteño, y desde muy joven fue observada como una figura destinada a ocupar un lugar central en la sociedad.

Era la primogénita de once hijos del matrimonio formado por Carlos José Guerrero y Reissig, un comerciante español nacido en Málaga, y Felicitas Cueto y Montes de Oca, perteneciente a una familia tradicional de Buenos Aires. Su origen reunía linajes ligados al comercio, la administración de estancias y las redes económicas que sostenían a la élite local. Desde su nacimiento, su vida estuvo marcada por el peso del apellido y las expectativas que ese origen imponía.

El primero fue Félix. Con él, la joven madre se sintió plena y también el orgulloso padre, pero la alegría se transformó en dolor cuando el pequeño murió a los 3 años a causa de la epidemia de fiebre amarilla. Eso fue devastador para Álzaga. Tanto así que aún mientras se ilusionaba con la llegada de su segundo hijo, Martín, el hombre falleció el 1 de marzo de 1870, abatido por la pena de la pérdida de Félix... La enorme casa se había convertido en un túnel de sombras... Al día siguiente, Martín nació muerto. Con tan solo 24 años, quedó viuda y completamente golpeada. Pero también se convirtió en la única heredera de una de las mayores fortunas del país, con miles de hectáreas principalmente en la provincia de Buenos Aires.

La belleza y la elegancia de Felicitas —considerada “La más hermosa de la República”— continuaron llamando la atención de la sociedad porteña. Pero detrás de esa apariencia serena y delicada, estaba la mujer que había conocido el amor, las peores pérdidas y la soledad extrema.

La viuda Felicitas Guerrero, tras superar el luto por su marido y la tragedia de perder a sus hijos, se había entregado a la ilusión de un nuevo amor. En noviembre de 1871, durante un viaje hacia su estancia La Postrera, un accidente con el carruaje bajo una tormenta hizo que se refugiara junto a Samuel Sáenz Valiente, el joven dueño de las tierras, quien la atendió con tanta caballerosidad que despertó en ella un afecto genuino y correspondido. Desde ese momento, comenzaron a circular rumores de un vestido que Felicitas encargó a París, destinado a celebrar su compromiso formal con ese caballero. Esa noticia fue intolerable para Enrique Ocampo, un antiguo pretendiente obsesivo que la había buscado sin éxito desde antes de su primer matrimonio.

El acoso de Ocampo no se limitó a la insistencia verbal: enviaba cartas, exigía encuentros y rondaba la casa familiar, ignorando las advertencias de sus allegados. La joven heredera vivía bajo la constante amenaza de un hombre que se creía dueño de su destino, y cuya obsesión silenciosa se convertía cada día en más peligrosa.

Ocampo se enteró y apareció en la estancia, luego de haber bebido, y visiblemente alterado. Insistió en hablar con Felicitas, y aunque su tía Tránsito Cueto trató de alejarlo, finalmente accedió a que la joven lo recibiera en privado. Felicitas pidió que la acompañaran discretamente su hermano Antonio Guerrero y su primo Cristián Demaría, quienes escucharon la conversación desde la ventana para protegerla.

Ocampo murió poco después del crimen, aunque nunca se aclaró si fue suicidio o ejecución por familiares de Felicitas, como apuntaban algunos rumores de la época. La investigación, dirigida por el juez Ángel Justiniano Carranza, lo declaró “suicidio”, pero la versión popular sobrevivió: que hermanos o un primo habían actuado en defensa de la joven.

El fallecimiento de Felicitas Guerrero paralizó a Buenos Aires. La prensa habló de locura, celos y fatalidad, pero la realidad era mucho más cruda: una mujer había sido asesinada simplemente por ejercer su derecho a decidir sobre su propia vida. Su juventud, belleza y condición de heredera intensificaron el impacto, dejando al descubierto que ni la riqueza ni el prestigio podían proteger a las mujeres de la violencia masculina.

Así, en el jardín de la casa, nació la Iglesia de Santa Felicitas, concebida como un intento de redimir la violencia a través de la fe y la arquitectura. Construida con mármoles europeos y un imponente diseño neorrománico, el templo buscaba transformar un espacio de muerte en un lugar de consuelo.

Con el tiempo comenzaron a circular leyendas urbanas de presencias y apariciones de Felicitas. Vecinos afirmaban ver a una mujer vestida de blanco recorrer el templo y desaparecer, mientras cuidadores aseguraban escuchar pasos durante la noche. Las noches del 30 de enero adquirieron un peso particular: la tradición popular sostiene que Felicitas regresa, atada al lugar donde su vida fue truncada, dejando corrientes frías, susurros y una sensación persistente de inquietud.

La historia de Felicitas llegó al cine argentino. La película que lleva su nombre fue dirigida por Teresa Costantini en 2009. Recrea parte de su vida con licencias propias de la ficción para alimentar el drama, como el supuesto sentimiento correspondido hacia su acosador y criminal.

Fuente: telam

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