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07/02/2026

Los bonobos y el poder de imaginar, un hallazgo que reescribe los límites de la mente animal

Fuente: telam

Un conjunto de experimentos controlados mostró que un mono fue capaz de seguir objetos inexistentes en escenarios simulados, una habilidad cognitiva que hasta ahora se atribuía solo a los humanos y que podría tener raíces evolutivas profundas. Los detalles publicados en Nature

>Durante décadas, la imaginación ocupó un lugar casi sagrado en la definición de lo humano. La capacidad de fingir, de jugar a que una taza vacía contiene té o de que una fruta inexistente puede moverse de un recipiente a otro, formó parte del repertorio cognitivo que separaba a nuestra especie del resto del reino animal.

El protagonista fue Kanzi, un bonobo criado en un entorno de investigación cognitiva y conocido por su habilidad para interactuar con humanos mediante símbolos y gestos. En escenarios cuidadosamente diseñados, los científicos observaron algo que hasta ahora solo aparecía en relatos anecdóticos: un simio que no solo respondía a estímulos visibles, sino que parecía seguir mentalmente la trayectoria de objetos que no existían.

El punto de partida se inspiró en un comportamiento cotidiano de la infancia humana. A edades muy tempranas, los niños participan en juegos de simulación con notable naturalidad. Pueden beber de una taza vacía, atender a un paciente imaginario o compartir alimentos inexistentes sin confundir la ficción con la realidad. En el desarrollo humano, este tipo de juego simbólico se interpreta como una señal temprana de imaginación y de una vida mental que va más allá del aquí y ahora.

Hasta ahora, ningún estudio controlado había logrado demostrar de manera concluyente que los animales no humanos pudieran hacer algo comparable. Existían observaciones aisladas en estado salvaje y en cautiverio, como chimpancés jóvenes que cargaban palos como si fueran crías o animales que parecían interactuar con objetos ausentes. No obstante, esas conductas siempre admitían explicaciones alternativas, como la repetición de acciones aprendidas sin representación mental de un objeto imaginario.

En uno de los experimentos clave, el investigador simuló verter jugo imaginario en dos vasos transparentes y luego fingió vaciar uno de ellos.

El mismo esquema se repitió con uvas imaginarias que se desplazaban entre contenedores vacíos. Una vez más, Kanzi identificó la ubicación correcta del objeto inexistente. No fue infalible, pero su desempeño superó claramente lo esperable por azar. Más importante aún, no recibió recompensas por acertar, lo que descartó un aprendizaje basado en señales físicas sutiles del experimentador.

El impacto del estudio no se limitó al ámbito de la psicología animal. Sus implicancias alcanzaron preguntas profundas sobre la evolución de la cognición y el origen de capacidades mentales complejas. Si un bonobo pudo comprender y manipular mentalmente objetos imaginarios, la imaginación dejó de ser un rasgo exclusivamente humano.

El estudio publicdo en Como explicó Krupenye, “Jane Goodall descubrió que los chimpancés fabrican herramientas y eso condujo a un cambio en la definición de lo que significa ser humano y esto también nos invita a reconsiderar qué nos hace especiales y qué vida mental hay ahí fuera entre otras criaturas”.

La publicación de los resultados en revistas científicas de alto impacto generó reacciones cautelosas pero entusiastas. Investigadores ajenos al estudio destacaron el rigor experimental y el valor de haber trasladado un fenómeno escurridizo, como la imaginación, a un entorno controlado. Para muchos, el trabajo aportó la primera evidencia sólida de que un animal no humano puede seguir objetos inexistentes dentro de una narrativa simulada.

Más allá del caso puntual de Kanzi, el trabajo alimentó una reflexión más amplia sobre cómo se interpreta la vida mental de los animales. Durante mucho tiempo, predominó la idea de que los animales vivían anclados al presente, reaccionando de manera casi automática a estímulos externos. Los nuevos datos cuestionaron esa imagen.

Los investigadores también señalaron que la imaginación no se limita al juego. En humanos, esta capacidad sostiene la planificación, la empatía y la posibilidad de pensar en el futuro. Explorar si los simios pueden proyectarse mentalmente hacia escenarios futuros o inferir estados mentales ajenos se convirtió en uno de los próximos objetivos del equipo.

En ese sentido, el estudio no solo aportó datos sobre cognición animal, sino que también invitó a revisar la manera en que las sociedades humanas se relacionan con otras especies. Reconocer capacidades mentales complejas en los simios reforzó los argumentos a favor de su protección y de la preservación de sus hábitats.

El juego de simulación, tan familiar en la infancia humana, apareció como un puente cognitivo que conecta especies separadas por millones de años de evolución. En ese cruce, la imaginación dejó de ser un privilegio exclusivo y pasó a convertirse en una herencia compartida, aún en proceso de comprensión.

Fuente: telam

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