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11/03/2026

'Una revolución sin revolucionarios': el nuevo libro de Ana Arzoumanian pone a la inteligencia artificial en el centro del debate

Fuente: telam

La autora explora los límites del alma y el lenguaje en la era de los circuitos y la saturación de imágenes. Una propuesta inquietante sobre qué permanece y qué muta

En Una revolución sin revolucionarios, Ana Arzoumanian propone una reflexión sobre el pasaje de una humanidad basada en la escritura a una definida por los algoritmos. Este ensayo examina cómo las tecnologías digitales transforman la sensibilidad y la experiencia humana, desplazando antiguas formas de narración y subjetividad.

La autora traza un recorrido desde las primeras huellas humanas en las cavernas hasta la cultura de las redes sociales y plantea, con una prosa precisa y evocadora, la pregunta por aquello que subsiste del alma cuando la vida se convierte en dato. Así, invita a pensar el umbral donde el humanismo se redefine frente a la irrupción de nuevas formas de humanidad.

Ana Arzoumanian, nacida en Buenos Aires en 1962, es abogada, poeta, ensayista y traductora. Su trayectoria abarca la docencia en Filosofía del Derecho y escritura creativa, así como una activa participación en espacios académicos internacionales dedicados a los estudios sobre genocidio. Su obra explora los cruces entre derecho, memoria, literatura y tecnología, y ha sido reconocida tanto en Argentina como en el exterior. Entre sus aportes recientes figuran la adaptación operística de su libro La Jesenská y la publicación de Dispara hacia atrás en España.

Infobae Cultura comparte fragmentos de Una revolución sin revolucionarios.

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La revolución cibernética ha generado una aceleración en la caída de los elementos de la Modernidad: soberanía, representación, Estado-Nación. Aquella aldea global de la posmodernidad hoy se ha convertido en una uniformidad por la beligerancia fragmentada. Una nueva guerra fría calienta el planeta en diversas partes. De modo que las clases sociales, propias del Estado-Nación, están siendo reconfiguradas. Que sólo existan ricos y pobres es el esquema de la población como castas.

Los efectos de los usos que puedan hacerse de la inteligencia artificial son inconmensurables. Aún no hemos advertido los cambios que puede generar porque, en definitiva, todavía no sabemos utilizarlo o lo hacemos con mucho pudor frente a un elemento que, si bien tiene alcance masivo, sólo parecería que fuese del campo de los jóvenes. Como si pensáramos que el alcance de este instrumento es sólo para evitar algún atajo, sólo para asistir en alguna tarea de registro o de clasificación o de archivo. Sin embargo, dado un "formato de escritura" la máquina copia ese modelo. Aquello que Benjamin estudiaba acerca de la obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica y que centraba en la fotografía y en los desvíos que tenía la pintura hacia la ilustración saliéndose de su originalidad, ha desembocado también en la letra. De modo que, visto así, podríamos decir que la IA es una fase más de una serie de desarrollos (y no le doy a esta palabra ningún carácter valorativo) tecnológicos. No es un punto de llegada ni de partida, sino un eslabón en la revolución técnica.

La ficción nacional ha cesado de constituir el mito fundante. El ciudadano del siglo XX con conciencia social, política y jurídica responde a una práctica desplazada por otro teatro de la percepción: una conectividad digital corporativa. Esta mudanza de sensibilidad no es el resultado automático de la utilización de técnicas, sino que corresponde a un trastrocamiento epistémico y sensible de la época.

La escritura alfabética basada en el archivo contaba con un referente emocional, mental, en fin, representativo. Sin embargo, la escritura estructurada según algoritmos de sustancia matemática confirmaría aquello anunciado por Jimena Canales: "La literatura no está más entre nosotros". El número, la ingeniería, la ciencia cuenta nuestras historias.

En 1991, en los alrededores de la Guerra del Golfo comenzaron a ser indistinguibles las imágenes reales de aquellas virtuales. De modo que la imagen no sólo era testimonio (como lo había sido durante siglos) sino que entró en un proceso de producción y destrucción en una era de hiper tecnologización.

De modo tal que las nociones antropocéntricas de lo visible y de lo escrito se han convertido en obsoletas.

Si Walter Benjamin advirtió acerca de la muerte de la narración y la desaparición del aura frente a la tecnologización del mundo moderno, en este momento hemos ido un paso más allá, aniquilando la ficción acordada como base de la legalidad, la ciudadanía y la estructura política basada en esos dos estamentos: la democracia (las democracias).

La disipación de fronteras entre realidad y ficción que compromete a la imagen y que ha sido utilizada con fines militares y políticos se expande a una fulminación de la palabra como creación apasionada de un escritor respondiendo a los problemas del mundo, hasta convertirse en una codificación mensurable en sus variables cualitativas y cuantitativas. Ese conjunto de datos ya no corresponderá a la visión subvertida que un autor tenga de un universo.

La máquina que escribe, que habla, lo hace desde un exterior con elementos (datos) de un interior, con el deseo de conformar a quien pide esa asistencia. De modo que las nuevas escrituras acomodarán una sensibilidad sin materia, incorpórea. No es ajustado hablar de una guerra sin cuerpos, aquella conformada por los drones y su capacidad de lo visible. No está el cuerpo del agresor, pero sí el de la víctima. Del mismo modo, no habrá cuerpo de escritura, ni sensibilidad del cuerpo de un escritor y, sin embargo, el cuerpo del lector recibirá textos que lo calmen, adormezcan o estimulen. Estimulación rápida bajo la consecuencia de prometer otra mayor estimulación: el texto como consumo. El uso beligerante de esas somnolencias se beneficiará del trastorno de una sociedad cuya agenda estaría marcada por hacer escuchar lo que cada tribu quiera oír sin nada que desacomode, que contradiga. �Acaso todo esto no representa el fin del parlamento?

Reel en castellano es una bobina, parte del circuito eléctrico que tiene una función pasiva. Almacena energía a través de la inducción para que esta se convierta en un campo magnético. La tensión tiene una polaridad, una dirección que genera circuitos. Un reel es el nombre que se usa para los videos cortos compartidos en redes. Un inductor de sensibilidad, un excitador. Hay una escena, un sonido y una imagen: se distribuye, se ve y se escucha; se vuelve a ver y escuchar. Hasta que se pasa a otro reel con otra escena, otra voz, otra imagen. Hay generación de afectos, esos fragmentos dan ternura, irritación, sensualidad, alegría. Una generación instantánea contraria a un canon o familia propio de los textos escritos que dotaban (o prometían dotar) permanencia a lo creado.

No es que la palabra se hubiese degradado, ni que la cultura haya privilegiado el avance rápido de las redes sociales en su devenir instantáneo. Sino que el traslado de la psicodinámica escritural a la oralidad se concentra en los procesos auditivos del pensamiento. La palabra no como cosa, sino como suceso que acontece en una situación particular que se manifiesta de modo colectivo. La palabra no como una contraseña del pensamiento, de la idea, sino en una alerta combativa, dinámico.

No se trata de una nación en conflicto con otra nación, la Revolución cibernética es un cambio radical y global cuyos efectos alcanzan a la ciencia, la industria, la distribución económica y afectiva cuyos actores sociales son los grandes tecnócratas, pero también cada uno de los consumidores y productores de la gran red virtual, nosotros.

La revolución cibernética cambia el diagrama de la milicia que configuraba los regimientos del siglo XX. La biotecnología y la potencia del láser de fibra más el sistema de visión aumentada que proporciona mapas e información generan nuevas mecánicas de combate. La inteligencia artificial aplicada en la ciberdefensa produce el sistema de guerras electrónicas.

La exposición reiterada de un acontecimiento en imágenes convierte al hecho en menos real. De manera que se ha dado en llamar nuestro tiempo como el tiempo post imagen o post afecto en la saturación, masificación y digitalización de imágenes del sufrimiento.

No importa la lengua que utilicemos para comunicarnos con el Chat, la empresa de Silicon Valley ofrecerá una contestación al idioma introducido por nosotros, pero según el esquema propuesto por la ingeniería norteamericana, sajona. Un modelo estético que también es ético: globalizar un narcisismo de idealización y sobreestimación. �Acaso habrá una colonización más precisa, más aguda y penetrante que la que está llevando a cabo Microsoft al mundo? Un narcisismo no jerarquizado por el reconocimiento, sino horizontal y masificado.

La era digital produjo un cambio en la doctrina militar occidental: la Guerra de Cuarta Generación donde los medios se convierten en un arma operativa tan o más poderosa que las divisiones armadas. De modo tal que las distinciones entre el área civil y militar desaparece ante lo que se ha dado en llamar: guerras híbridas, conformadas por la revolución de colores y las guerras no convencionales. La guerra híbrida es el caos administrado que puede tomar el modo de Revolución de Colores, aquellas promovidas por Occidente sobre territorios euroasiáticos provocando desestabilizaciones a través de mensajes antigubernamentales. A través del uso de la lengua, las imágenes y la información se intenta seducir a la población para que, indignada, haga caer al régimen que la gobierna a través de una desobediencia política en masa. Desde una guerra en red y centrada en la red, la Revolución de Colores abre el paso a una guerra no convencional para actuar como un multiplicador de fuerzas. Este tipo de combate no está centrado en tanques, soldados, y líneas de batalla definidas, sino que su trazo es no lineal y caótico. El objetivo táctico es improvisar ataques imprevisibles dispersando la ofensiva.

[Fotos: prensa editorial Leviatán]

Fuente: telam

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