22/04/2026
Historia universal del secreto: �qué quisiéramos se sepa de nosotros?
Fuente: telam
La reserva y la simulación, presentes históricamente en culturas y estructuras de poder, permiten mantener el equilibrio en las relaciones interpersonales e institucionales
Hay procesos que acontecen en los márgenes de la vida social, aunque son constitutivos de la misma. De tal forma, nuestro interés se concentrará en los secretos privados y en los secretos públicos, señalando para ambos casos cómo nos imaginamos operan las diversas estrategias de ocultamiento.
Indagaremos acerca de los motivos para mantener la reserva, el sigilo y, aun, la simulación en la vida privada y en la esfera pública, y acercarnos a la significación que se le puede asignar al secreto en la consolidación o el quiebre de los lazos personales y sociales.
�Cómo quiere uno ser conocido? DesearÃamos serlo a través de la imagen que uno ha construido de sà mismo.
Georg Simmel, que fue casi el único entre los clásicos de la sociologÃa que prestó particular atención a dimensiones recónditas de la vida cotidiana, afirmaba que las relaciones humanas descansan en lo que saben unos de otros, y que el secreto es en el fondo una renuencia, no necesariamente una mentira, que el protagonista, el poseedor del secreto, lo realiza sobre los otros, pero también sobre sà mismo.
Por asà decir, la necesidad de la ignorancia cumplirÃa una función social. Simmel argumentaba que la convivencia se sustenta sobre una mezcla de conocimiento y desconocimiento. Si supiéramos absolutamente todo sobre los pensamientos de los demás, la interacción social colapsarÃa bajo el peso de la verdad absoluta. El secreto ofrece la "distancia" necesaria para el respeto y la convivencia.
Siempre, para comprender dónde estamos, debemos mirar hacia atrás. La historia del secreto podrÃa periodizarse en tres grandes ciclos.
HabrÃa un primer estadio "sagrado". En la antigüedad, el secreto era natural. Chamanes, sacerdotes y reyes delimitaban quién debÃa saber y quién ignorar. El conocimiento era poder mágico y militar.
Mucho después, vendrÃa la épica de Prometeo. Con el Renacimiento y la Modernidad, surge una paradoja: si hay secretos, hay que divulgarlos. La ciencia, la imprenta de Gutenberg y la Reforma buscaron democratizar lo oculto. Los enciclopedistas, Diderot, D' Alembert, y figuras como Descartes o Kant apostaron por la transparencia como motor de progreso.
Y ahora estarÃamos en el tercer estadio que serÃa la era del EspÃa y el Algoritmo. El siglo XX y lo que va del XXI transformaron el secreto en una herramienta de combate imperial y comercial. Desde los informes de Somerset Maugham para el Foreign Office hasta los actuales algoritmos de las Big Tech, el secreto ya no se oculta bajo tierra, sino en "nubes" de datos.
La literatura ha sido siempre la gran filtradora de lo prohibido, el laboratorio donde mejor se ha explorado la psicologÃa del secreto.
Desde la tragedia griega (Edipo buscando el secreto de su origen) hasta la novela policial moderna, el secreto es el motor que impulsa la narración: el lector avanza para descubrir lo oculto.
Edgar Allan Poe en "La carta robada" nos enseñó la paradoja máxima: el secreto más seguro es aquel que está a la vista de todos, pero que nadie sabe interpretar. Henry James muestra el sentido de la ambigüedad; en obras como Otra vuelta de tuerca, el secreto no se resuelve, sino que la tensión de lo no dicho define la atmósfera. En Kafka opera la develación inalcanzable; en El proceso, el secreto es la ley misma: K. es acusado, pero el secreto de su acusación nunca se le revela, mostrando la violencia del ocultamiento institucional
No mencionaremos, por demasiado obvias, las participaciones de Sherlock Holmes y Hércules Poirot en la develación de enigmas, esto es de secretos. También ya son suficientemente conocidos y valorados los aportes de Raymond Carver y Paul Auster, maestros en la materia de las superposiciones de lo callado con lo oculto.
Pero sà quisiéramos destacar a John Cheever, quien en su inquietante y revelador cuento "Reunión" nos permite ver, vernos. Un padre y un hijo al reunirse por un momento en la Gran Central Station en Nueva York, donde uno debe tomar un tren, al desconocerse, al no saber los secretos cada uno del otro, se reconocen a sà mismos. El hijo dice "Vi llegar a mi padre, hace tiempo que no lo veÃa, pero al mirarlo, y cruzar unas palabras con él, ya sé cuál es mi futuro y mi condenación".
En Argentina, la perspectiva de lo oculto cobra una fuerza particular. Nuestra literatura es, en gran medida, una investigación sobre lo que se calla. Pensemos en Borges, quien en cuentos como "El etnógrafo" plantea que el secreto más profundo es aquel que, una vez alcanzado, no puede ser comunicado porque el lenguaje mismo es insuficiente. O acudamos a las narrativas de Ricardo Piglia, Pablo De Santis, Guillermo MartÃnez y Juan Sasturain donde el complot y el desciframiento de mensajes ocultos son el motor del relato.
Hoy, el giro hacia las "literaturas del yo" y el psicoanálisis ha desnudado al sujeto. El diario personal se convierte en un continente de secretos interiores, una caja de Pandora que solo el pudor y la autoestima mantienen cerrada.
Si en la vida privada el secreto es un derecho (privacidad), en la esfera pública a menudo se convierte en un problema del poder.
Desde una perspectiva de largo plazo, el ejercicio del poder polÃtico se basaba en el secreto de Estado (arcana imperii). El gobernante eficaz debÃa ocultar sus intenciones. Maquiavelo entendÃa el disimulo como una virtud polÃtica. (Al respecto, uno de nuestros tantos positivistas injustamente olvidados, José Ingenieros, advirtió la relevancia que tenÃa la simulación en la lucha por la vida).
En las democracias modernas, existe una tensión constante. Se exige transparencia como antÃdoto a la corrupción, pero el Estado mantiene secretos bajo la justificación de la "Seguridad Nacional".
Al interior de los paÃses se manifiesta una distribución asimétrica del poder. Como señaló Max Weber, el secreto burocrático es el medio por el cual la administración protege su saber y su superioridad frente a la crÃtica: quien controla el archivo, controla la realidad.
En la domesticidad, el secreto es atemporal. Las estrategias de ocultamiento en la pareja o la familia guardan una persistencia lógica que atraviesa los siglos. Erving Goffman sugerÃa que nos presentamos ante los demás construyendo una imagen; y a veces, nuestros propios Curriculum Vitae terminan siendo piezas de literatura fantástica, diseñadas para mostrar solo la luz y ocultar las sombras.
En nuestro paÃs, incluso en el ocio, el secreto define nuestra cultura. El juego del truco, cuya significación ha sido certeramente analizada por Lucas Rubinich es, acaso, una de las metáforas sociológicas más perfectas de la vida social argentina: una coreografÃa de señas, engaños, mentiras calculadas y verdades a medias donde ganar no depende de las cartas, sino de la capacidad de administrar el secreto.
Fuente: telam

