Sábado 20 de Julio de 2024

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NOTICIAS DE TANGO

Profesor de la Universidad de día, Evita de noche: el experto en Proust que canta tango con un vestido blanco

Walter Romero está al frente de la cátedra de Literatura Francesa en la UBA, adonde entra “como una prima donna”. Pero, además, tiene una vida musical y le da al tango la “sensibilidad gay”. Aquí habla de las nuevas generaciones, de cómo fue crecer, las nuevas generaciones y el miedo a la vejez.

Hay dos clases de lugares donde Walter Romero usa micrófono, y los dos remiten a París. Uno es la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (conocida como Puán, por la calle en que está), cuando da sus clases teóricas en la cátedra de Literatura Francesa, que encabeza. El otro son los escenarios, en el sentido literal: en sus presentaciones como cantante de tangos.

Podría ser un síntoma de la continuidad que hay entre la francofilia que ha caracterizado la cultura argentina, y en especial su literatura, y ese otro mundo donde las letras –Romero está entre quienes las consideran poesía– son pródigas en chicas que se llaman Ivonne o se hacen llamar Margot, donde lo mismo se habla del Barrio Latino o del de Montmartre que de Pompeya o de Palermo y donde, para burlarse de una mujer que perdió su belleza, se la caracteriza como “fanée”. Sin embargo, esto que puede parecer lo evidente, hasta lo obvio, en Romero es el fruto de una laboriosa construcción. Su encuentro con la lengua francesa fue más bien un encontronazo. Y, mientras que Julio Sosa impostó toda la virilidad que pudo para proclamar, sobre los compases de La Cumparsita, que “el tango es macho”, Romero se viste de Evita en un show performático que hace de vez en cuando, “Eva canta Gardel”. (La próxima función, junto a su compañera Sandra Márquez, es el 15 de junio, en el Torquato Tasso.)

Aunque el tango llegó a París en 1912, es poco probable que Marcel Proust, fallecido en 1922, haya tenido oportunidad de conocerlo. De haber vivido cien años más, pudo haberlo escuchado en la voz de Romero, quien los ha cantado varias veces en París –en 2022 hizo allí un circuito de milongas– y es un gran especialista en Proust. Es una paradoja que a Romero le haya costado, primero, aprender francés, y luego, leer En busca del tiempo perdido. Este encuentro en particular entre París y Buenos Aires pudo no haber sucedido, de no mediar el que quizás sea el rasgo más distintivo de Romero: la laboriosidad.

Walter Romero. El profesor.

Walter Romero. El profesor.

“Me fue mal en francés en primer año de la secundaria; por eso mi mamá me mandó a la Alianza Francesa, pero sólo para dar la materia, porque la Alianza era cara y ella no pudo pagar más. Más tarde volví, pero fui boyando, porque en el medio seguí estudiando en el Laboratorio de Idiomas de la UBA; y también fui por todo Buenos Aires, estudiando con muchos profesores particulares, para mejorar la pronunciación. Ahora sigo con clases de conversación porque, si no vivís en un país donde se hablen, las lenguas se van olvidando. Mis estudios sistemáticos de idiomas fueron italiano en la Dante Alighieri –porque mi primera vocación fue la literatura italiana– y griego moderno en la Fundación Helénica, ésos sí fueron completitos: siete años en cada uno. Pero, contrariamente a lo que la gente cree, mis estudios de francés son bastante pendulares.”

En 2016, el Malba (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires) convocó a Romero para dictar lo que terminó siendo un ciclo de tres años de clases, titulado Formas de leer a Proust, que el año pasado se convirtió en libro. En el prólogo, Romero confiesa: “Intenté leer por primera vez À la recherche du temps perdu a los 23 años, y quedé empantanado”. Es frecuente que el lector no pueda sortear Combray, la primera parte del primer tomo, que precede a la célebre Un amor de Swann, mucho más narrativa –en 1984 fue hecha película, con Alain Delon como el barón Charlus y Fanny Ardant como la duquesa de Guermantes–, pero que no se aprecia igual sin haber leído la primera, que contiene, sin embargo, la casi popular escena de la epifanía producida por el gusto de la madeleine remojada en té. “Después, a los 30 años, retomé la Recherche y leí completos los siete tomos. Ahí me enganché. Cuando me llamaron del Malba, yo venía releyéndolo, e hice una tercera lectura completa. Ahora voy por una cuarta.”

Romero tiene tres libros publicados y cuatro discos grabados; veinte años de dar shows y otros tantos como docente, en la universidad como en la enseñanza media; y es el presidente de la Asociación de Literatura Francesa de Argentina. Pero si hubiera que sintetizarlo todo en una sola palabra, podría decirse que es un performer. “La clase tiene algo como muy performático. A veces me molesta un poco. Una colega me dijo una vez una cosa muy linda: ‘vos no das clases, das unipersonales’. Primero me cayó muy mal, porque parecía que en mi clase no hablara nadie, que soy yo, yo, yo. Y no creo que sea así. Pero después entendí lo que ella quiso decir. Porque yo, como estudiante, ante los monstruos que tenía de profesores, fui un pichi también, obvio. Levantaba la mano forzado. Y ahora, cuando doy clase, hay como una puesta en escena en lo que hago. Yo creo mi propio personaje. Juego con la distancia entre alumno y profesor; pero en mí, es una distancia paródica. Entro al aula como si fuera una prima donna, como si llegara a un podio; y digo ‘bueno, voy a dar mi teórico’. A los alumnos los trato de ‘usted’, de ‘señor’, pero no para ser distante, sino como una construcción teatral. Así que eso que me dijo esta colega me gustó.”

Romero ejerce esta vocación escénica desde la infancia. Fue parte de Cantaniño, un coro de chicos que cantaban por televisión a finales de los ‘70, cada uno de cuyos hits (“sé que tienes el corazón / hecho de tiza y pizarrón”) tenía un solista diferente. Romero no llegó a ser solista, pero sí “integraba el coro que de alguna manera sostenía al cantante”. Además del programa propio, Cantaniño tuvo un apartado en otro programa, Supershow Infantil, que condujeron Berugo Carámbula, Gachi Ferrari y Mónica Jouvet, y en el que Romero hablaba un poquito a cámara.

“En el tango, el guapo siempre está al borde del ridículo”

“Tenía que irme antes de la escuela, para poder ir a grabar a Canal 9; y cuando volvía al día siguiente, algunos chicos me habían visto en la televisión. Esa mínima fama me creó como conflictos en el patio de la escuela. Había gente que me admiraba por eso, y otros que me resistían por niño diferente y televisivo.”

La escuela estaba en La Boca, el barrio donde Romero nació y se crió. “Yo no quería hacer hojalatería, con los varones, porque me podía cortar. Quería estar haciendo canastitas trenzadas o mantelitos de hilo sisal, con las chicas, y eso en los ‘70 era penado, una cosa atroz. Y en el barrio, en un momento, vos sabés que sos distinto. Me acuerdo cuando me compré unos patines de bota y empecé a patinar en la esquina de Suárez y Patricios; patinar ahí con patines de bota y no de cinta era algo que mmmh... Hoy las chicas hasta juegan al fútbol; pero, en los ‘70, el patinaje de artístico era de puto. Mi infancia estuvo florida por Pipo Pescador, a quien le estaba permitido usar colores, por ejemplo; ahí tenías otra salida. Y también estaba Raffaella Carrá, que te mostraba que había otra vida posible. Pero ponerte una remera rosa, en el barrio, en aquel tiempo, era ponerte la camiseta de puto.”

El libro de Walter Romero sobre Marcel Proust.

El libro de Walter Romero sobre Marcel Proust.

De sus padres, cuenta que “no eran letrados”, en el sentido de que no terminaron la secundaria. “No eran lectores, y sin embargo, tenían una preparación y mucho interés por lo que estaba pasando, y por la circulación de bienes culturales. En casa se compraba Clarín, la revista Gente, Billiken, Anteojito. Era esa clase media por la que circulaba material gráfico, que era como un lugar de recorrida. La biblioteca de mi casa la armé yo, digamos que transfugueando libros, comprando usados; y mi madre, al ver que había ahí una afición literaria, me estimuló. Ella siempre me estimuló, en todos los sentidos. Si quería bailar, bailaba; hacía zapateo americano, basket, música; fui a un conservatorio de la Boca. Tuve una de esas infancias súper estimuladas; muy libre. Al menos conmigo; no sé si con mis hermanos [él es el mayor de tres]; pero creo que era mi vieja quien lo promovía. Ella me puso muchas fichas. Y como tengo una cosa muy férrea con mi madre, ella me habilitó todos los campos: el canto, la actuación, la literatura; no había nada a lo que me dijera no, excepto que perjudicara a otro o que me hiciera mal a mí. Eso estaba penado, pero todo lo demás, habilitado.”

Romero hizo la secundaria en el ILSE (Instituto Libre de Segunda Enseñanza); y después tuvo un paso fugaz por la carrera de Abogacía. “Fui al lugar más neutro que hay, justamente porque no quería hacerme cargo de mi no–centralidad; pero salí corriendo. Y al año me metí en Letras, cuando la facultad todavía estaba en la calle Marcelo T. de Alvear. Fue un gran momento de Filosofía y Letras, en plena primavera de Alfonsín, con grandes profesores, muchos de los cuales volvían de afuera.” Cuando Romero estudiaba, la titular de la cátedra que hoy encabeza él era Malvina Salerno.

–¿Ella fue tu mentora?

–Sí. Fue muy importante, porque alguien te tiene que habilitar el campo, sobre todo en el mundo de la academia, donde no es fácil empezar. Era una gran especialista que daba clases en todos lados: en La Plata, en Morón, adonde me llevó al principio; y después me metió en la UBA. También daba clases en el Joaquín V. González. Ella murió y hoy algunos de sus libros están en mi biblioteca, lo que es muy emocionante. Pero no sólo fue ella. Otros profesores fueron muy importantes para mí, como por ejemplo Nicolás Rosa. Sin ser un profesor especialmente de francés [daba Teoría Literaria y también era crítico], conocía mucho de literatura francesa; y cada vez que hablaba con él me decía que tenía que dedicarme a esto. Me decía que la literatura francesa era un infierno, que me iba a costar mucho porque es tremenda la cantidad de lo que hay que leer, pero él me habilitó ahí un camino para seguir.

Un poco de todo. La Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. (Franco Fafasuli)

Un poco de todo. La Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. (Franco Fafasuli)

–En sus clases de teoría literaria, él decía muy suelto de cuerpo que ya no leía más ficción…

–Sí. Rosa decía, como Manuel Puig: “yo ya no les creo nada a los que escriben ficción”. ¿Qué diría ahora, cuando toda la ficción está basada en relatos de vida? Ahora, la presencia de la vida personal de quien escribe es casi obscena en cuanto a producir material de “ficción”; parece aquello de “ya no hay nada digno de ser ocultado”. Todo puede ser contado, que no pasa nada. Ahora todo el mundo cuenta todo, es el momento del yo.

–Y vos, eso, ¿jamás?

–Jamás–jamás, no. Escribí poesía, pero me considero un poeta menor. Lo que hago yo son ensayos... Creo que no llegó todavía el momento. Ahora, cada uno cuenta su ego…

“Proust es un gran narrador heterosexual siendo un autor gay”

–¿Pero no fue siempre más o menos así, aunque menos desembozadamente?

Proust fue un pionero en lo que es el cruce entre la literatura y la vida; de usar su autobiografía y transmutarla en literatura. Él ocultó un poco también el tema de que no salió del armario; digamos que es un narrador heterosexual siendo un autor gay, donde a lo mejor todos los objetos femeninos que él ponía en su literatura encubrían aspectos masculinos, por el gran temor que tenía por lo que había ocurrido en el caso de Oscar Wilde, y lo que había padecido –que perdió su familia, sus hijos tuvieron que cambiarse el apellido–; fue tremendo lo de Wilde. Por eso Proust no se animó. André Gide dijo que Proust le dijo: ‘cuente todo lo que quiera, pero nunca diga la palabra yo’. Hoy es todo lo contrario: cuente todo lo que quiera y además ponga el “yo”, diga “yo”; y lo que no se sabe de tu vida lo inventás, y está como permitido, porque estás en esos niveles donde la verdad y la ficción se mezclan.

–Es común separar “la literatura” de “la vida”, y todos entendemos a qué nos referimos, pero ¿no es un poco ingenuo, también? Como si la literatura no formara parte de la vida…

–Cierto… Sin duda somos animales letrados, sólo por el hecho de hablar, de estar capturados por la palabra. A mí me captura la palabra. No sé si es un lugar común decir que uno con la literatura tiene capacidad de vivir otras vidas. De poblar tu imaginario, nutriéndote de esas vidas que la literatura da. También me gusta mucho la literatura como evasión, como para salir de la propia subjetividad. Eso también está bueno. No porque leamos literatura “de evasión” como entretenimiento, sino como para salir de uno mismo, ser otros en esos personajes. Esto te lo digo casi como por afuera del profesor. Yo necesito leer, qué sé yo, 50, 60 páginas por día, a veces no llego a tanto, pero como quien va a psicoanálisis, A mí también me constituye eso como un eje; la lectura es un poco un ordenador de mi vida.

-¿Siempre?

-Tuve épocas más voraces, menos voraces; de lecturas profesionales y también de cosas que no tienen que ver con la profesión. Y cuando hacés de la literatura una profesión, y tenés que dar clases de eso, los espacios de placer se mezclan con una forma de oficio. Porque yo creo que un buen profesor lo que tiene que hacer es llevar adelante ese placer lector, con todo el asedio crítico. Yo coincido con Umberto Eco cuando decía que el texto es un animal perezoso. Hay que hacerlo laburar. Lo que uno hace con la crítica es asediar el texto para que te diga eso que tiene que decirte. Y a mí me gusta mucho esa idea. Qué sé yo, soy muy flashero. Un gran lector es un flashero. Un gran lector tiene que flashear para darle sentido a lo que está leyendo. No todos los lectores flashean lo suficiente y no todos los autores dan para flashear tanto. O el problema es del lector, o el problema es del autor. Y cuando se juntan un lector flashero con un autor que te lleva a ese flash único, bueno …

–¿Te acordás de la primera vez que tuviste ese flash?

–Sí, cuando leí Nosotros, la novela de Yevgueni Zamiatin. Y con Moby Dick, y con La montaña mágica, de Thomas Mann. Y bueno, y esos espasmos que te da Borges con un pequeño texto o un pequeño poema: eso también forma parte de la experiencia del flash. Que todos la tenemos. Lo que yo definiría como el momento del flash en la lectura es un momento de hermeneusis cifrada. Como que la interpretación se te revela totalmente, que no es lo mismo que leer un libro “normal”; sino que entraste ahí de tal manera que es como que todo cuaja. Me gusta la idea de que leer es como entrenar, también: tenés que entrenar el músculo de la interpretación. Esto de que cuanto uno más lee más entiende, más capta, más está en disposición de la palabra: me parece que ahí hay algún tipo de misterio que hay que trabajar. Y es lo que hacemos, pero no sólo en Puán, sino afuera también. Yo soy profesor de secundaria, doy clases en el Nacional Buenos Aires. Y ahí también. Yo creo mucho que un chico de 15 años en el aula puede levantar la mano y decirte sobre un texto clásico algo que nunca habías escuchado sobre ese texto. Yo me sorprendo de eso. Soy un convencido de que hay lecturas inocentes que pueden ser muy iluminadoras sobre un texto.

De esta atributo de “flashero”, y de otro que podríamos llamar “anfibio” –que puede transitar por diferentes medios–, hay quienes dan fe, e incluso también lo relacionan con su rol de docente de senañanza media. Mariana Fazzina es médica psiquiatra de profesión y amiga de Romero desde la adolescencia. Entre fines de los ‘80 y principios de los ‘90, consolidaron la amistad en un grupo de estudiantes universitarios como ellos, que salían juntos todo el tiempo.

“Íbamos a todo lo que podíamos. El Parakultural. Bolivia. Babilonia. Y también a Bunker, con él. Nos acordamos de escenas increíbles en una Buenos Aires en la que podías ir de bar en bar sin celular, yirando bastante despreocupados de la seguridad, sin un peso y con todo por hacer. Y con un amigo nuestro pensábamos en la cabeza de Walter tenía una productividad tan grande, era tan extremadamente inteligente, tenía tal capacidad de leer su entorno... Y al mismo tiempo había algo en él que todavía era de sufrimiento, que costaba sacárselo porque era pura potencia; siempre estaba haciendo mil cosas, con una capacidad de poder estar en todas a pleno. Y también podía compartir con gente de distintas extracciones, porque él tenía amigos en todos lados. Cuando él empieza a ser profesor de secundaria, lograba hacer que todo el mundo leyera. Entró a un colegio súper cheto, y las mamás le pidieron que armara un grupo de lectura para ellas. Me mostró una lista de textos que les había elegido, y algunos eran muy zarpados. Pero también hacía leer a sus alumnos en el Doque, cuando fue profesor ahí. Porque la literatura y él son como lo mismo.”

Walter Romero, lector de Proust.

Walter Romero, lector de Proust.

“Me preguntás cómo es ‘mi Walter’ y lo primero que pienso es que hay muchos a quienes les encantaría tener ‘su Walter’, porque él es muy querido, muy deseado, eso es así desde que lo conozco, en 1989″, dice Diego Lozano, psicoanalista y renuente a definirse como poeta, porque piensa que los poetas deberían ser los pacientes, no los terapeutas. Y reflexiona: “Él entrará al aula ‘como una prima donna’, pero hace 20 años que está en la cátedra, y todo lo que hace lo hace trabajando, ahí no hay verso. Está bueno que alguien pueda ser disidente, y profesor, y estudiar, y querer a sus alumnos, y extrañar a su mamá, y vestirse de mujer, todo eso trabajando. Wally enseña eso. Es muy importante.”

¿Qué tan anfibio?

Pero ¿qué tan anfibio? “Si te dedicás al tango, no estás alejado de la literatura”, matiza Romero, aunque reconoce: “Me creó sus conflictos, porque en una época en que cantaba en las tanguerías, me acostaba re tarde, y a la mañana tenía que ir a dar clases. Combinar esos dos mundos fue difícil en su momento. Por la voz, por el cansancio. Tenía que hacer tres entradas cantando para extranjeros; terminaba a la 1.30 de la mañana, y a las 8 ya estaba con el Martín Fierro. Eso es jorobado, complejo. Pero después lo pude manejar.”

–Y con todo lo machista que tiene el tango, ¿cómo hacés?

–El tango es un territorio para explorar, para ver cómo desarmar ese estereotipo de la masculinidad y de mandatos patriarcales. Lo más distintivo que hice en el mundo del tango es, antes de cantar, dar el contexto de la letra, para ayudar a crear conciencia sobre sobre lo patriarcal o lo violento que es en sus versos. Me ha pasado que me pidieran que algunos temas no los cantara más, como Tomo y obligo, donde el tipo se contiene para no matarla.

-¿Te lo han reclamado?

-Una vez, después de cantarlo, unas chicas del público me dijeron que era un tango cancelado. Y yo dije que cancelar también es muy facho. En eso he sido un pionero ya desde los ‘90, cuando empecé a cantar. A eso lo llamábamos darle un toque de sensibilidad gay a la interpretación del tango. Mi segundo disco se llama Guapo, y ahí juego con la idea de quién es macho en el tango: el guapo siempre está al borde del ridículo. Hablo del malevaje, canto ‘Patotero sentimental’. Hice un disco sobre eso, para ver dónde el varón claudica, lo cual es visto como poco masculino por las patotas, lamentablemente. Yo lo cantaba como para desmitificar ese ideal. En el tango hay puntos de fuga de la masculinidad, donde la masculinidad se escapa. Así que sigo cantando Tomo y obligo, donde, otra vez, se explicita que un hombre macho no debe llorar.

se extravió / una sola / de las gracias / ya hace tiempo / que dejó la ronda / y no fue corriendo / en busca de las otras / ni bebió del sueño / se sentó cansada / al borde del camino / y le creció la panza / la espera / es siempre / una mujer que arde / como el dolor / que trae la menarca / o el vendaval / como el fulgor / primero / las otras dos / nunca inventaron nada / ni dan a luz / ebrias al fin profieren / como paciente que huye / en pabellón vacío / de las tres / es ésta / la que mira / y en cada espera / siempre feminiza / como si el pelaje del varón / volara / febril / agazapada / exhibe su desván / y lame / y uno mira hacia ahí / pero no encuentra (La espera, en Estriado, de Walter Romero.)

Aquel estudiante

–En el otro extremo, cuando vos estudiabas en Puán, era un lugar en que cursaban casi exclusivamente chicas. Y no había muchos “performers” dando clase ahí. ¿Cómo era ser estudiante en aquella época?

–Yo me manejaba con una tríada que tenía, que eran David ViñasEnrique Pezzoni y Nicolás Rosa; ahí estaban mis tres modelos de profesores de literatura a seguir. Los tres muy distintos. Viñas muy patriarcal y muy viril; Pezzoni como con mucho charme, pacato total, siempre tostado y fumando, con un aura tremenda; y Nicolás Rosa, que era como la genialidad y el delirio, con una cosa un poco también andrógina. Me parece que en ese pack se armó toda esta cosa de buscar modelos para profesores de literatura. Yo, un año después de haber cursado con Nicolás Rosa, volví, porque me encantaba escucharlo hablar. Los que estamos dando clase ahora en Puán somos los que tomamos clase con esas estrellas; yo creo que el momento más grande de la facultad fue ahí. Nosotros somos como la decantación de eso.

  David Viñas, uno de los profesores de Romero.

David Viñas, uno de los profesores de Romero.

“Tostado y fumando”, “un aura”: la evocación que Romero hace de Enrique Pezzoni podría referirse también a sus padres, al menos tal como los recuerda Diego Lozano. “El papá de Wally era un personaje, una especie de bon vivant del sur, de los suburbios, pero un genio. Siempre estaba todo tostado, perfecto; fumaba, un tipo muy especial. El glamour de Wally es muy del papá, que era un tipo muy fachero, muy apuesto”, dice Lozano. “Y la madre era muy parecida a él en el alma, en la cosa más poética y soñadora. Descendiente de griegos, ella tenía un brillo, una ensoñación, un aura, algo precioso. Una mujer muy, muy hermosa. Fue muy triste que la perdiera. Yo hubiera querido que no la perdiera tan pronto.”

–En algún momento entre aquella época y ahora, Letras cambió y se volvió cool…

–Absolutamente, pero no sé cuándo fue. No cuando yo era estudiante. Jorge Panesi dice en chiste que la Facultad de Filosofía y Letras era una fábrica de cigarrillos [la de Nobleza Piccardo] y que ahora, ahí, nosotros seguimos vendiendo humo… Hace poco vino un periodista italiano y cuando entró a Puán vio que se vendía chipá y sánguche de chorizo, que había olor a marihuana, que en el patio todo era posible; y entró a un aula, escuchó una clase sobre Dante y se quiso morir. Él se extrañaba por cómo contrastaba la gloria de ese profesor que estaba dando una gran clase sobre Dante con ese afuera que era, digamos, el cambalache argentino.

-¿Eso es raro?

-Eso es parte de la excepcionalidad argentina, me parece: la idea de que pueden convivir esos dos mundos. Y Puán cada vez se vuelve más prestigiosa. Ésta es considerada una de las diez mejores facultades del mundo para la enseñanza de lo que se llaman las Lenguas Modernas. Y yo creo que realmente sí, ahí hay algo que está pasando. En otros países se estudia más filología específica, a pesar de que el encuadre sea enciclopédico. Acá hay una combinación entre el deseo de los alumnos, los profesores y cierta tradición de las Letras… Puán es un lugar que te contiene, y es esta cosa tan argentina, la mezcla de gente dedicada a las Letras con esa imagen de hippoides, de fumados, y de troskos...

-¿Todavía?

-Ahora la facultad ya está entregada a las nuevas tribus urbanas; se perdió un poco la onda más bolche o más hippie que había al principio. Ahora algunos alumnos llegan con las llaves del auto, cosa que cuando yo era estudiante jamás; pero al mismo tiempo sigue habiendo troskos. Es como una renovación del canto discepoleano de la Biblia y el calefón. Es la alta academia y el chipá o las luchas sociales; todo en un lugar embanderado de política, y en medio de eso, también la literatura como una posición política ante lo real. Puán ahí es como una burbuja; y creo también que las nuevas generaciones consumen eso. Les gusta ir a estudiar a un territorio con construcción mística. Y ahora, con un decano LGBT [Ricardo Manetti, quien fue elegido en julio de 2022.]

–En una entrevista cuando lo designaron, Manetti dijo “yo he sido raro en muchos sentidos”. ¿Hubo algún hito en tu vida que te hiciera decirte “yo acá soy ‘el otro’”?

–Me pasó muchas veces, con mi sexualidad. Pero nunca fui un chico que, por la otredad, fuera al choque. Mi modo de supervivencia no era resaltar mi mariconada, sino todo lo contrario; quise camuflarme en el mundo heteropatriarcal de los ‘70. Había “formas de”, y yo las intentaba. Esa operación la hice varias veces. Nunca tuve ningún episodio homofóbico en la calle, que me golpearan o algo. Tuve cargadas y voces por lo bajo infinidad de veces, pero nunca eso. Te marcan que sos puto, que sos marica, que sos afeminado. ¿Qué hacés con ese veredicto? El veredicto social es duro. Entonces, hay que hacer algo para salir de él. En mi caso no salió por la reivindicación del sí. Mi forma de sobrevivencia fue camuflaje, sumisión, y después, a la larga, imponer lo mío, pero ya cuando veía que caminaba sobre lo seguro. Hoy veo y bendigo que los chicos se paren, que reivindiquen, que hagan ostentación de esa putez que quieren llevar adelante. ¡Qué gloria! Amo que lo puedan hacer. Igual hay chicos a los que patean por la dinámica homofóbica. Hoy, la reivindicación pasa por transformar la vergüenza en orgullo, como dice Jean Genet; transformar ese momento que te marca como estigma. Eso de transformarse en mariposa, que se ve en las marchas del orgullo, me parece que lo tomaron de ahí.

Walter Romero, tango con sensibilidad gay. (Eduardo Piccinini)

Walter Romero, tango con sensibilidad gay. (Eduardo Piccinini)

–¿Sos de estar de novio?

–Sí. Yo soy chapado a la antigua, de amores largos y duraderos. He tenido una pareja durante 18 años, y después tuve otra de 12 años. También ahí nos construyeron un poco con el chip del amor para toda la vida, del amor que va a perdurar, y uno se choca con eso. Pero me veo más repitiendo esos modelos que tengo que yendo al poliamor. Creo que nuestra generación, respecto de eso, llega un poco tarde. Desde lo personal, veo ahora como más libertades. Veo esto del poliamor, de la trieja, de meter más en una pareja. Esto de amar a tres, ¿cómo se reparte? ¿Cómo se reparte el deseo entre tres, o lo poliamoroso? Ésas son apreciaciones que en mi época no había. Ya amar a un varón como objeto era motivo de discusión o problema.

-¿Le hubiera gustado vivir otra cosa?

-Siento nostalgia respecto de mis parejas, que me hubiese gustado que fueran más exhibidas o más mostradas. Eso de irnos de viaje, agarrarnos de la mano, besarnos en la calle, en los ‘80 no era tan fácil. Yo lo siento como un tiempo perdido que no vamos a recuperar. Besarte en un avión cuando aterriza era algo impensado para los ‘80. Yo formo parte de esa generación que no pudo hacerlo. Y ahora lo que tengo son muchas imágenes de lo que es envejecer siendo gay; envejecer en el deseo. Eso me crea algunas preocupaciones.

-¿Como ser?

-Me da pánico la idea de la distancia en la vejez. Pienso en el poeta griego Kavafis, tremendo con sus poemas dedicados a ese cuerpo de los jóvenes al que no podés acceder más. También está el texto de Yasunari Kawabata, La casa de las bellas durmientes, donde los viejos van a dormir con niñas vírgenes para sentir lo que es el deseo, pero no las pueden tocar; esa distancia de los cuerpos. No sé cuán descarnado es en la homosexualidad o en la heterosexualidad, pero me obsesiona eso. El barón Charlus, cómo tiene que llegar a los hoteles de sadomasoquismo porque ahí se puede apreciar él como víctima del goce de los otros y experimentar el goce propio a partir de ser golpeado o apaleado con hierro. Son distintas formas de cómo asumir la vejez y la homosexualidad, que me parece un debate interesante de hacer. Más viendo ahora lo que está pasando con nosotros, que los 50 son como los 30. Antes te quedaban pocos años, y a lo mejor ahora te quedan unos cuantos por delante. ¿Qué vamos a hacer los 70? ¿A quién vamos a seducir? Me lo pregunto. Me parece que la literatura tiene algunas formas de hacernos entender, o de que nos preguntemos qué pasa acá.

–¿Es la preocupación de que no haya belleza o atractivo más allá de la estricta juventud?

–Creo que es un chip que tenemos cargado, lamentablemente. Aunque creo que ahora se acepta el cuerpo no hegemónico. Ahora salí del falocentrismo, porque en el mundo gay se cotiza mucho el tamaño y demás. Salir de ahí fue una liberación, al igual que salir del cuerpo hegemónico y que se puedan mostrar otros cuerpos. Pero todo indica que la sociedad te lleva al cuerpo hegemónico, al cuerpo trabajado, tonificado, al tamaño de los miembros, etc. Todo te dirige un poco a eso. Y madurar es justamente salir de esas cosas, para encontrar también otras zonas.

–Esa ansiedad que describías ¿no se te calma un poco cuando te sentís deseado?

–Sí. Pero también aparece la invisibilidad, en una cultura como la nuestra, donde el culto a la juventud es… Viste lo que le acaba de pasar a Madonna, que a los 60 le cuestionan qué le pasó en la cara. Ella misma aceleró el viejismo, no le importan los 60. A ella, que es Madonna, ¿qué le importa tener más de 60? Pero ella siente que la industria le hace ver que ya no es la chica de 30. Y salvando las distancias, pienso que a mí y a todos, en lo real, nos pasa lo del proceso de inhibición de la libido. Entonces, ahí aparece esto de qué tipo de puto viejo voy a ser. Eso me preocupa. Y lo voy a tener que crear, también: así como creé un puto en Barracas, un puto en el tango, voy a tener que crear un puto en la vejez. Ahí está el desafío de uno: poder armar eso. No sé si se puede armar previamente desde lo cognitivo; creo que lo vas armando en el momento, en el transcurso. También hay que ver con quién envejecer, en esto que hablábamos del poliamor. Me preocupa lo que vendrá.

–¿Por qué te considerás un poeta menor?

–Tengo libros de poesía, pero no me considero un poeta. No tengo obra suficiente y contundente como para llamarme así. Si me preguntás si soy cantor de tangos te digo que sí, porque tengo cuatro discos y 20 años de shows. La trayectoria se va haciendo, pero no por tener un libro de poesía soy poeta. Son palabras a las que hay que tenerles un poco de respeto… pero a la vez, no. Se ha relativizado todo tanto, que si me considerara poeta, sí, sería un poeta menor. Además, pensá que soy alguien que hace dos cosas a la vez. Estoy dedicado a la literatura como enseñanza, y además canto tangos. La verdad que podría hacer más, pero esto me consume tiempo, ya. Me hago un mea culpa de no haber puesto más de mí como poeta o narrador. Podría dedicarme más a la escritura, podría hacer mi libro; no sé qué saldrá de ahí. Pero me concentro en la construcción de la clase, entro en la construcción del yo con esto de llevar adelante el tango, y la verdad que es ahí donde tengo puesto mi deseo en los últimos 20 años. Tengo mis cuatro discos, tengo libro de ensayos, de poesía; o sea que tengo una pequeña producción.

(Su “pequeña” producción incluye su tesis de doctorado, La poética teatral de Alain Badiou – De Ranas de Aristófanes a Citrouilles. Tiene 450 páginas, sin contar la bibliografía.)

–¿No estará funcionando en vos esa idea de que lo que te convierte en escritor es la novela?

–Estamos preparando la novela, como dice Roland Barthes (se ríe). Eso decía Nicolás Rosa: ¿por qué no soy escritor? ¿Porque escribo ensayos, porque escribo papers? En mentira, eso. Es una idea más megalómana, que tiene que ver con el oficio de profesor, que tiene en cuenta las grandes novelas, los grandes relatos, y a lo mejor no es así. Esa idea de que lo que te constituye como escritor es la novela no es así, para nada. Puede constituirte la crónica, por ejemplo, como a María Moreno, que es una gran escritora. Es un caso loable.

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