FOLKLORE
Cosquín no se compara: se vive

Foto: https://aquicosquin.com.ar/
Cada enero, cuando vuelve a asomar una nueva edición del Festival Nacional de Folklore de Cosquín, reaparece una tentación recurrente: compararlo. Medirlo. Ponerlo al lado de otros festivales del país. Y ahí es donde conviene frenar. Porque Cosquín no entra en ninguna comparación. No compite. No necesita hacerlo. Es otra cosa.
Es cierto: no es el festival más antiguo. El “padre de los festivales” ostenta ese título con justicia. Pero Cosquín es el lugar donde el país se conoció culturalmente, donde aprendió a mirarse, a escucharse y a reconocerse en la voz del otro.
Cosquín es único porque conviven todos.
El tradicionalista y el contemporáneo. El consagrado y el que llega con una guitarra gastada y una esperanza intacta. El que pisa por primera vez la Plaza Próspero Molina y el que hace años no entra al predio, pero no falta nunca a la cita.
Porque Cosquín no es solo la Plaza Próspero Molina ni el escenario Atahualpa Yupanqui.
Cosquín es el camping lleno de amigos que llegan desde cualquier punto del país. Son las peñas que no duermen. Es el río, los espectáculos callejeros, los patios abiertos, las casas que se vuelven refugio. Es el artesano, el poeta, el músico de esquina, el bailarín improvisado en la vereda. Es la gente encontrándose.
Desde el inicio, Cosquín fue rebeldía cultural. Los coscoínos fueron los primeros “piqueteros culturales”, cortando una ruta y levantando un escenario de ladrillos para que el festival existiera. Desde ahí, todo lo demás fue consecuencia.
Hoy, Cosquín es el punto de encuentro más federal que tiene la Argentina.
Llegan desde los rincones más lejanos, trayendo lo propio, mostrando su pedacito de tierra, su aldea. Como dice el dicho: “Pinta tu aldea y serás universal”. En Cosquín, cada quien va a pintar la suya.
Por eso es el más grande. No por los números. Por lo que genera.
Quienes abrazamos esto que llamamos folklore sabemos que después de Cosquín el año es distinto. Nos vaciamos y nos llenamos. Nos cargamos de energía. Nos abrazamos. Nos sostenemos. Nos dejamos cargar por el otro y cargamos al otro también.
He visto Cosquines feos, desorganizados, difíciles. Y también los más brillantes, los de mucha luz. Pero incluso en los Cosquines duros, los duendes coscoínos hacen su trabajo: nos permiten tirar un año más.
Por eso no se puede no pasar por Cosquín.
No se puede no recorrer una carpa de artesanos. No se puede no ir al Encuentro de Poetas. No se puede no pisar la Próspero Molina, caminar el río, escuchar a los músicos callejeros, entrar a una peña, dejarse llevar.
El ejemplo más claro fue 2021.
Sin festival presencial, pero con Cosquín vivo igual. Campings llenos, guitarras sonando, gente compartiendo arte. Porque aunque no haya escenario, Cosquín sucede.
Si algún día Cosquín no estuviera en el calendario,
la gente iría igual. Porque es identidad. Porque es memoria. Porque es encuentro. Porque es el lugar donde nos conocimos culturalmente y donde, año tras año, nos fortalecemos.
Cosquín no se explica del todo, no se mide, no se compara. Cosquín se vive.
Vengan a ver el milagro. Cosquín empieza a cantar.
Carlos Lucentti - Estación Urbana 97.5
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