El bandoneonista salteño consumó una de sus contadas apariciones anuales en el Café Vinilo de Palermo, con prescindencia de los contornos industriales de la música: con un concierto anunciado a propósito de la presentación de su último disco, “El valle de la infancia”.

El bandoneonista salteño Dino Saluzzi consumó anoche una de sus contadas apariciones anuales en el Café Vinilo de Palermo –su único reducto de este tiempo- con prescindencia de los contornos industriales de la música: con un concierto anunciado a propósito de la presentación de su último disco, “El valle de la infancia”, que no se vende en la Argentina, e incluso con licencias implícitas para avanzar más acá y más allá de ese repertorio.

Es que, en ese sentido, Saluzzi no necesita novedad: la novedad es la ausencia de novedad. Ofrece su música sin más, con su lenguaje propio, aunque pletórico de tradiciones. “Si yo viniera a tocar La cumparsita los estaría estafando”, provoca desde el escenario.

Y no es que el salteño no reconozca los emblemas de la música popular, tampoco que no haya tenido su tiempo de trajinar boliches, sino que ha conseguido extender los horizontes del fueye en un doble sentido: le entregó al universo del jazz y la música clásica un timbre nuevo, desconocido (que fue aclamado con su álbum "Kultrum", 1983) y, a su vez, despegó al instrumento del golpe repetitivo del tango y el folclore.

Ese lenguaje persiste en “El valle de la infancia”, acaso con menos aires paisajísticos que en “Navidad de los Andes” (2011) -su álbum anterior grabado para trío con saxo y violonchelo-, y que se revela con mayor claridad en las citas explícitas a las tradiciones populares (“La Tristecita”, Ariel Ramírez; o “La arribeña”, Atahualpa Yupanqui; o “Loca bohemia”, de Francisco De Caro).

Algo de ese repertorio del disco apareció anoche en Café Vinilo, al igual que obras como “Memoria”, del álbum Juan Condorí (1978) o “Sucesos”, arreglado para el formato de quinteto, y que –con otro esquema- fue parte de “Navidad de los Andes”.

No hay repetición: Saluzzi dirige a sus músicos desde el escenario y elige tímbres y énfasis sobre el escenario hasta encontrar un temperamento que en el disco asume un sonido más minimalista.

En esa búsqueda lo acompañan la guitarra de su hijo José María Saluzzi, el saxo tenor y el clarinete de su hermano Félix `Cuchara` Saluzzi, el bajo de su sobrino Matías Saluzzi, la percusión de Jorge Salverón y la batería de  Quintino Cinalli, probado en las raíces folclóricas pero a la vez en el jazz, el funk, el rock, y con pericia para aventurarse en los riesgos que propone el bandoneonista en el concierto en vivo.

“Tengo la obligación de tomar riesgos”, explica Saluzzi desde el escenario. La palabra del salteño –que el público sabe filosa- es también parte del recorrido esperado.

“El valle de la infancia”, editado por el sello alemán ECM, no se consigue por el momento en formato físico en la Argentina –aunque está prevista una publicación local-, pero aparece en las bateas de amazon en las categorías de jazz y música clásica, acaso en el sentido que le asignaba a ese término el Chango Farías Gómez.

De momento la experiencia, infrecuente, está al alcance de la mano: el ciclo de Saluzzi continúa hasta el domingo desde las 21 en el escenario de Café Vinilo (Gorriti 3780).

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