Cierra un año de sucesos con un show en el teatro Ópera. En plena gira europea, el músico misionero habla del chamamé como un cóctel de culturas, de su búsqueda personal, analiza el presente y cuenta una nueva pasión: el surf.

"¿Pipo Pescador tendrá la culpa?", se pregunta el Chango recordándose de niño. Mirándose desde lejos, desde sus 47 años. Está tomando el mate cocido a las cinco de la tarde, en el patio de su casa, en su Apóstoles natal. No tiene que hacer un esfuerzo para verse escuchando la música que tocaba ese hombre con boina con pompón blanco. “Veíamos su programa en un televisor blanco y negro, dibujaba sobre un vidrio enorme y después se ponía a tocar el acordeón. Y ver eso en Misiones, debajo de los árboles, con 45 grados, era casi una experiencia trascendental”, recuerda el músico. 

Su papá tocaba el violín, su tío la guitarra. Y Pipo Pescador, el acordeón. Pero, también lo tocaban en las celebraciones, en los casamientos, en las fiestas del pueblo. “No había acordeón en mi casa, pero yo me sentía atraído por ese instrumento. Veías lo que sucedía en tu lugar y con las personas en el barrio y el pueblo. Todo eso te impregnaba, se dice que la patria de uno es la infancia, eso se cristalizó tan fuerte en mí que simplemente mi vida sigue en nuevos espacios, nuevas circunstancias, pero todo continúa estando en mí. Por eso, no tengo conflicto con no vivir en Misiones, no me siento alejado absolutamente de todo lo que amo porque está conmigo”, resume su vínculo con ese pasado, con sus raíces. 

 

 

  Si esto fuera cine, una elipsis llevaría de aquellas tardes en la provincia de tierra colorada, a los Alpes, a caminos bordeados de casas construidas en piedras lajas, en Saint Mélany, en el departamento de Ardèche, Francia. Llevaría al interior de una iglesia antigua, donde, casi místico, suena un chamamé. El Chango -apodo que borró para siempre al Horacio- Spasiuk está girando por el mundo, con sus dos acordeones con los que siempre viaja y sus músicos. “Giramos en circuitos donde se escucha por primera vez esta música. Es bello circular en grandes ciudades y en espacios muy grandes y conocidos, pero después tocar en una iglesia en un concierto acústico, donde vienen todas esas personas de las casas que están en las montañas, es muy bello también. Y cada concierto tiene su encanto”, comenta el misionero. Esta es su segunda gira europea del año, donde durante un mes dará 16 conciertos en Noruega, Suiza y Francia. El primero lo dio en el Oslo World Music Festival.    -¿Por qué crees que al público del mundo lo atrapa tanto el chamamé?   -Son muy interesantes los misterios del chamamé y cómo va encontrando su lugar de resonancia. Cuando uno crece en la sociedad argentina, cree que el chamamé es un mundo sonoro solamente para la gente que nace en el litoral. Y es difícil ponerse en el contexto de que es una música profunda, con un background cultural enorme, con una tradición inmensa, con un montón de elementos que la hacen sumamente interesante. No solamente estéticamente, sino históricamente. Y cualquier circuito del mundo es un lugar donde se podría estar tocando esta música. Y, de hecho, es lo que sucede en mis conciertos. Es responsabilidad mía contar, explicar, aprovechar ese espacio, compartir ese mundo sonoro como un rostro más, como una música más del mundo que vale la pena ser mostrada. 

 

 

  - No te gusta hablar de una “carrera” musical, ¿por qué?   -A veces hablar de carrera, es hablar de algo que va paralelo a tu vida, como diciendo: mi carrera es mi carrera y mi vida es mi vida.  Para mí, no funciona así. Mi vida está compuesta de un montón de elementos, y entre ellos la música y la disciplina de la música. El oficio de la música que también tiene sus lecturas, un aspecto comercial, laboral, de planificación, de desarrollo. Pero hay algo atrás que sostiene absolutamente todo eso, y que es otra necesidad y otra búsqueda, y eso es parte de mi vida, no la puedo separar. Por lo menos, para mí, está íntimamente relacionado. Y así es desde que era niño, cuando era niño no pensaba en términos de carrera, han cambiado los escenarios, los lugares, las circunstancias, pero mi relación con la música sigue siendo exactamente la misma.   -¿De un profundo amor?   -Algo parecido…,  algo que anhela ser como el amor.   - Pasemos por alto definir el amor…   -(Risas.) Rumi decía: “Cuando quise escribir sobre el amor, el lápiz se rompió”.   De amores y desapegos. Su padre Lucas le compró su primer acordeón a los 11 años. Y no pudo dejarlo más. A los trece tocaba en un trío con su papá y su tío Mario. Kermeses, casamientos, pistas de baile. “Cuando arranqué no era un muy buen músico para que bailen, ni era tan bueno para que escuchen. A veces, lo que a la distancia se considera un montón de errores y malos proyectos, tuvieron que hacerse para encontrar el concepto y sonido de ahora. Miro y releo todos esos acontecimientos con una cierta ternura. Fueron necesarios dar todos esos pasos, para estar parado donde estoy ahora”, reflexiona el Chango, para quien siempre la naftalina le traerá una imagen de un acordeón. “Cuando era niño los acordeones no se guardaban en los estuches, sino en los roperos, junto con la ropa, protegida con naftalina”, cuenta. 

 

 

  Su papá murió cuando tenía 21 años, cuando terminó de grabar su segundo disco: “Contrastes”. “Llegó a verme en Cosquín ‘89 y grabar mis dos primeros discos, y ver que empezaba a dar mis pasos. Había alcanzado a tocar en algunos lugares conmigo y después se enfermó y falleció. Y mi madre murió hace algunos años”.   -¿Le pudiste decir a tu viejo todo lo que querías?   -Por suerte hice las paces con él. Cuando él tocó conmigo música, de alguna manera, yo saboreé a otro hombre. Diferente en el sentido de que cuando era niño mi padre era muy corto en palabras, y siempre veías en la superficie casi más a un proveedor. El hombre que trabajaba para que la familia coma. No tenías oportunidad de saborear, cómo era interiormente, de qué tenía miedo. No se hablaba, no podías conocer esa parte anímica de él. Y cuando empecé a tocar música pude conocer esa parte, esa sensibilidad.   -¿Serías capaz de ejercer el desapego que tuvo tu papá con vos: dejándote venir a Buenos Aires a los 18 con tus hijas?   -No, no (risas). Tengo dos hijas, una de casi 18 años. Ahí es donde te das cuenta en dónde está el verdadero amor. Uno cree que está en esos gestos sentimentalistas, yo creía que eso era amor, y de golpe veo a mi padre soltándome la mano al mundo. Y sembrando en mí una confianza y una seguridad de que tenía que recorrer mi camino y que tenía que caminarlo, que era un lugar seguro. Eso es sumamente bello, para mí es un gran gesto de amor. 

 

Un trío muy especial. El Chango tocando con su papá Lucas al violín y su tío Marcos en guitarra. Un trío muy especial. El Chango tocando con su papá Lucas al violín y su tío Marcos en guitarra.

 

  -Y difícil también…   -Totalmente. Por eso, resignifico hoy los gestos de mi padre y digo: ¡Guau!, qué hermosos que han sido, qué hermosos hombres, qué bellas acciones han tenido en ser como han sido conmigo. Soy muy agradecido por ello.   Con esperanza. “El chamamé es de una diversidad absoluta, un cóctel de ritmos de distintas culturas. Es lindo ver cómo se derriban todas las barreras y todos los obstáculos culturales e idiomáticos, todo eso se diluye, y desde algún lugar conecta con algo bello y esperanzador y es un momento muy agradable”, asegura el Chango sobre el alcance de su música. El mismo viene de una región donde la diversidad es una realidad de pueblos originarios, criollos y mestizos, de la frontera con Brasil, con Paraguay, de la inmigración europea.      -¿Cómo ves el momento que está atravesando nuestro país?   -Se puede ver desde muchas perspectivas, y es muy interesante y muy contradictorio. Pero, nuestra sociedad es un poco así. Creo que el ejercicio más difícil para un ciudadano es poder reflexionar sobre su experiencia particular, y a su vez, poner esta experiencia en un contexto general, en la que incluye la experiencia de los demás. Dónde estoy parado yo, cómo son los elementos que rodean mi propia vida y cuáles son los elementos que rodean a la realidad de los otros también. Eso hace un contexto general. Muchas veces las cosas que vivimos tienen como consecuencias acciones y definiciones que se han tomado hace 20, 30, 40 años atrás, hay que aprender a ejercitar todo eso. Y creo que eso es lo más difícil.    -¿Por qué?   -Ahora es el momento donde se definen muchísimas cosas. No soy pesimista. Porque leo o escucho discusiones, o puntos de vistas, y la mayoría están basados en algo particular y no general. Cuando tengo una excesiva consideración hacía mí y no hacía los demás, no es tan constructivo colectivamente. Pero, es un momento muy particular en donde hay gente que discute apasionadamente, hay otros que buscan dialogar, hay otros que buscan enriquecer su punto de vista, y hay otros que no les interesa nada.    -Y todas esas realidades están simultáneamente…   -Sí, todo eso de alguna manera me está mostrando la sociedad, la comunidad a la que yo pertenezco y reflejan todos esos aspectos de nosotros. Y uno puede tener muchas miradas, puede decir: “¡Ay, qué país éste!, ojalá fuésemos como tal otro país”. Pero cuando viajás a ese otro país, ves sus políticas inmigratorias, cómo reciben al inmigrante, cómo te miran cuando entrás. Y a mí me dan ganas de decirle: “Si usted supiera que yo no tengo ganas de quedarme acá, quiero volver a mi país, solamente estoy de paso”. Y cuando llegó a Ezeiza miro el cielo y digo: “¡Ahhh…!” Cómo decía Atahualpa: “Me gusta el aire de aquí”. Pero, creo que es un momento muy particular y a veces uno no puede ser tan sincero como para herir susceptibilidades.   - Tampoco agradar a todo el mundo. Alguna vez dijiste que hacer esto es la fórmula para el fracaso…   - O intentar agradar a todo el mundo. Yo había leído la frase de un director de cine, que decía que tratar de agradar a todo el mundo te lleva directamente al fracaso. Tratar de ser fiel a tu búsqueda estética y lo que le da sentido a tu oficio y a tu vida siempre es el lugar correcto, porque hace que te puedas seguir sintiendo en paz. Sentir que estoy siendo fiel a mi oficio, a mi búsqueda, mis necesidades, no solamente ordinarias y de consumo, sino necesidades existenciales. Nada se compara con sentir la paz de haber hecho lo correcto, o lo que por lo menos crees que es correcto. Cada uno tiene su capacidad y su limitación, pero dentro de ese rango, hay que tratar de encontrar tu lugar, encontrar el sentido de porque hacés lo que hacés y al servicio de qué estás.   -¿Es un camino para llegar al éxito?   -Aunque no me gusta la palabra éxito, uno se podría considerar una persona exitosa si tiene las herramientas suficientes con las cuales intenta ir en esa dirección. Por eso, de alguna manera, no soy pesimista, porque más allá de las elecciones que hagamos en la construcción colectiva, a veces uno pierde la perspectiva del milagro de respirar, de caminar, de expresarse, de poder hablar y que tu boca exprese lo que querés decir, de poder levantarte, de poder intentar y de estar rodeado de gente que amas, que respetás y te respetan, de poder considerar y que los demás te consideren. Entonces, eso hace que uno siga sintiendo algo de esperanza por el hombre.       Surfeando la ola  

 

“Hace 10 años, yo veía al mar y me parecía muy feo, el Atlántico tan frío, no tenía mucho encanto para mí. Sin embargo, en algún momento en Chapadmalal, entré al taller de Esteban Wilson, vi las tablas de surf que hacía y empecé a saborear una cosa muy linda. Así empecé a practicar surf. Iba mucho a Luna Roja, me hice muchos amigos, que me enseñaron a surfear. La fuerza del mar es como la fuerza de la vida. Uno tiene que estar relajado y atento para que la ola te lleve a la costa, si estás rígido y distraído el mar te revuelca en el fondo. Y la vida es un poco así. Hay que aprender a estar atento pero relajado, y no luchar contra ella, tiene una fuerza y uno tiene que encontrar cómo aprovechar esa fuerza para encauzar y encontrar el sentido de por qué las cosas son como son y por qué se presentan de determinada manera.”  

    Por los caminos de Francia
 

 

En un concierto acústico que dio en una iglesia en Ardèche, Francia. En un concierto acústico que dio en una iglesia en Ardèche, Francia.

“Cuando girás ves lo peor y lo mejor de los países, y encontrás gente que forma parte de ese pensamiento tan detes-table con respecto a la inmigración, pero también mucha de la gente que está relacionada a estos espacios culturales, a estos programadores de festivales o de estos centros culturales donde uno toca y gira, son esas otras  personas, esos otros ciudadanos con otras maneras de pensar, con otras expectativas, con otros puntos de vistas. Entonces por lo general, mucho de estos espacios donde nosotros tocamos están relacionados con esas personas que tienen un punto de vista muy diferentes a esas políticas que generan estas consecuencias horribles que uno lee en los medios. Por ahí se da más en las grandes ciudades, pero en donde yo estoy, es como viajar por el interior de la Argentina, es gente muy bella, muy simple, muy conectada.”(Infonews Fotos: Archivo 7 Días)

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