Más que una orquesta, la agrupación que hereda la impronta del Chango Farías Gómez funciona como una cofradía de grandes solistas al servicio de que la música argentina suene argentina.

En la actualidad, es una de las pocas formaciones numerosas estables dedicadas a la música de raíz. En este sentido podría considerarse un grupo de otras épocas, de cuando el folklore se tocaba también con orquesta, como la que trajo Andrés Chazarreta a Buenos Aires en 1921 para fundar con su espectáculo de cantos y danzas del noroeste una nueva moral para la música argentina; o como la que más tarde encabezó Alberto Castelar durante los años del boom del folklore, para hacer bailar en peñas y salones urbanos. Sin embargo, en el sonido y la idea de la Orquesta Popular de Cámara Los Amigos del Chango anida el germen del futuro. En la última formidable lección de su ideólogo y creador, el Chango Farías Gómez, gestos de big band, de típica, de característica, de criolla confluyen en lo que bien podría llamarse un encuentro de brujos. Más que una orquesta, la OPC Los Amigos del Chango es muchas orquestas, o más precisamente, una cofradía de solistas al servicio de una idea superior: que la música argentina suene argentina. Hoy, a las 21, Los Amigos del Chango darán su primer concierto del año en Buenos aires. En Hasta Trilce (Maza 177), Rubén “Mono” Izarrualde (flauta), Luis Gurevich (piano), Néstor Gómez (guitarra), Jerónimo Izarrualde (batería), Omar Gómez (bajo), Ricardo Culotta (trompeta y flugelhorn), Daniel Gómez (bandoneón), Agustín Balbo (guitarra), Aleix Durán (clarinete, clarinete bajo y saxo tenor), Santiago Martínez (violín), Manu Uriona (percusión), presentarán los temas del primer disco del grupo –Música clásica argentina Vol. I, editado a fines de 2013– y además adelantarán buena parte de lo que conformará el segundo trabajo en estudio, que pronto comenzarán a grabar. En cierto modo descentrada respecto de lo que desde muchos púlpitos todavía se pregona como “lo tradicional”, la OPC Los Amigos del Chango transita con desparpajo por los distintos escenarios, sin más preocupación que tocar ese repertorio que conjuga piezas criollas, tangos y otras yerbas desde una mirada particular. Con ese espíritu, por ejemplo, estuvieron en Cosquín en la última edición del Festival Nacional de Folklore; pero no para actuar en la plaza Próspero Molina, sino para participar del circuito de las peñas. Aun así, prueba de que Cosquín es mucho más de lo que sucede en la plaza mayor, los comentarios y las crónicas periodísticas destacaron la presencia de Los Amigos del Chango como uno de los acontecimientos de festival. “Cosquín tiene esas cosas y por eso sobrevive –comenta Rubén “Mono” Izarrualde al comenzar la charla con Página/12–. Que en medio de todo ese barullo haya un lugar como El Sol del Sur garantiza que la propuesta en general sea más atractiva.” El Sol del Sur es el nombre de la peña que desde hace varios años conduce la cantante Paola Bernal, un espacio que durante las noches de festival se constituye en un faro para la alternativa musical, con intereses artísticos diametralmente opuestos a los del escenario mayor. “Para mí, fue la primera vez en Cosquín y quedé muy impresionado con lo que vivimos –interviene Néstor Gómez–. No te voy a negar que cuando nos confirmaron que íbamos, después de la alegría inicial sentimos un poco de miedito con ese monstruo.” “Es que en ese monstruo conviven públicos de distintos tipos, como en toda gran manifestación –agrega Izarrualde–. Te encontrás con gente de distintos lugares del país, de distintas condiciones sociales y distintos gustos, y te encontrás también al tipo que recién llega con el que ya tiene un par de noches de caravana. Eso es maravilloso, y entre esa variedad de públicos logramos el silencio, que para la música que hacemos es lo más importante.”

La actuación de Los Amigos del Chango en Cosquín se realizó gracias al programa Igualdad Cultural del Ministerio de Cultura de la Nación. Fue una de las pocas intervenciones del Estado nacional en un festival que anticipadamente rechazó lo que consideraba “injerencias políticas”, pero que a juzgar por lo que resultó su oferta artística general, seguramente hubiese necesitado muchas más de estos aportes artísticos. “Paola (Bernal) nos abrió las puertas de su casa con gran generosidad –destaca Néstor Gómez–; se ocupó de que pudiésemos hacer nuestro laburo de la mejor manera, mostrar lo nuestro. Así fue que tocamos relajados y con buen sonido, porque un grupo numeroso como el nuestro es poco común para esos ámbitos y con el sonido se complica. Pero sobre todo tuvimos un público súper atento y afectuoso. Lo disfrutamos mucho.” “Eso habla claro de lo que pasa entre la orquesta y una parte del público –interviene Izarrualde–. La orquesta tiene una transversalidad estilística particular, pero que nunca le da la espalda a la raíz. Eso es lo que el Viejo quería y lo que heredamos de él.” El Viejo es Enrique “Chango” Farías Gómez, claro.

“El Viejo dejaba que la orquesta absorbiera todos los colores –agrega Gómez–; que estuvieran el rock, el jazz, de repente el blues... y también la improvisación, que nos permite desarrollos formales más amplios. Pero todo tenía que desarrollarse sobre una matriz rítmica muy clara. No apartarnos de eso, porque desde ahí podemos explorar nuevos horizontes.”

–¿Cómo vive una orquesta en tiempos de solistas?

Néstor Gómez: –Con ganas. Uno de los grandes méritos del Chango fue habernos contagiado sus ganas y sobre todo la convicción de que éste es un proyecto musicalmente importante.

Rubén “Mono” Izarrualde: –El Chango fue un campeón de temperamento para remar contra la corriente, y esa marca la tenemos. Nunca me olvido de cuando fuimos por primera vez a Santiago Del Estero con MPA. Fue un esfuerzo descomunal llegar hasta allá y nos trataron malísimo. Ante ese desaire el Chango puso el pecho, como tantas veces. Una vez en Lima actuamos en un festival después de Pablo Milanés y Sara González. Teníamos que subir a tocar nosotros y la gente todavía gritaba “Cuba, Cuba...”. Yo estaba apichonado en el proscenio sin saber bien qué hacer. “Vos salí que a éstos les pintamos la cara”, me dijo el Viejo y me empujó en la oscuridad. Empezamos a tocar unos climas y la gente seguía pidiendo “Cuba, Cuba...” y después del segundo tema se hizo un silencio que duró hasta la ovación final. Eso nos pasó también cuando murió el Viejo y nos dejó en un mar de dudas, de no saber qué hacer, si seguir o no con la orquesta. Y al final elegimos el camino que él nos enseñó, apostamos a la continuidad y al trabajo cotidiano.

–El primer disco de la orquesta tiene mucho del Chango y éste próximo será el primero sin él...

Gómez: –Es el gran desafío, pero la orquesta tiene una identidad bien marcada por su herencia. Este último año y medio hemos trabajado mucho en nuevos temas que hemos incorporado al repertorio que mostraremos en Hasta Trilce.

Izarrualde: –Trabajamos siempre desde lo que nos enseñó el Viejo: hay una matriz rítmica. Eso lo conocía muy bien y lo manejaba con maestría.

Gómez: –En general, llevo algunos arreglos preelaborados y los terminamos entre todos en los ensayos. Es importante el ida y vuelta entre nosotros, que cada uno sugiere desde su instrumento.

Izarrualde: –Lo que hacen Jerónimo (Izarrualde) y Omar (Gómez) es fundamental. El trabajo conjunto entre batería y bajo que logran tiene la química perfecta. Esa es una lección del Chango. Sobre eso construimos.

–¿Y las ideas sobre el repertorio?

Izarrualde: –Del Chango quedaron algunas ideas, como “Melodía de arrabal” y “La séptima”, de Eduardo Lagos. Entre otras cosas agregamos obras de Raúl Carnota, otro gran referente que nos dejó hace poco. El otro día pensaba y le decía a Néstor que sería bueno hacer “Sólo luz”, porque es un huayno maravilloso para recordarlo. Además no tenemos un huayno en este repertorio de ahora, así que vendría bien un huayno... ¿Why not?

Fuente:Pagina 12 Por Santiago Giordano

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