Resistiendo el paso del tiempo, la dosis de fanatismo de sus seguidores y la contundencia de su obra, siguen siendo el motor que sostiene su presencia en los escenarios

“El potro” volvió a llenar el City Center. En su anterior presentación, en la misma sala, mucha gente se había quedado sin su ticket. Es que se percibe que Guarany está dando sus últimas energías en los escenarios, de allí el interés por verlo y la convocatoria que sigue siendo muy importante.

 

“Vamos Horacio!”, arengaba su gente mientras él saludaba revoleando su poncho. “Aguante Palito!”, también se oía como aliento para Miguel Acuña, su histórico bombisto, quien lo acompaña desde hace cincuenta años.

 

Con un recitado donde nombraba a sus amores (prostitutas, lustrabotas, boliches, estibadores...), su voz cansada siguió siendo un puñal que se clavaba en el corazón de su fiel público.

 

“Qué otra cosa puedo hacer sino cantar”, dijo antes de arrancar con “Recital a la paz” y confesó “a veces pienso en dejar de cantar, pero ¿qué hago en mi casa?. Entonces, vuelvo a salir”.

 

Cantando parado o sentado en una mesa con un buen vino, se mostró paciente con los problemas de sonido, tratando de entender las nuevas tecnologías que no lograban darle un buen retorno.

 

Contó su infancia de niño hachero nacido en La Forestal, de padre indígena guaraní y madre española, para introducir “De Santa Fe al norte” (Rafael Ielpi-Carlos Pino) y, esforzando su memoria, acertó casi toda la letra.

 

Un instrumental de Eduardo Semerario, cordobés, primera guitarra del grupo, sirvió para ajustar algo el sonido. En el medio de “Quiero ser tu sombra”, Guarany ordenó “chacarera!” y llegó “Caballo que no galopa”, con baile y delirio del público.

 

“El llanto de las vidalas” y “La villerita”, merecían estar porque son dos de las últimas grandes obras que dio a conocer en estos tiempos.

 

Lo mismo “Caminito de Acheral”, donde “Palito” Acuña pasó al frente para decir un texto en homenaje a su bombo y a Froilán González, su artesano.

 

“A las viejas, también hay que tocarlas”, despertó carcajadas y ovación porque venía “Piel morena”, uno de los tantos temas que son clásicos y populares del folklore porque están en la historia grande del género.

 

Se tomó otra copa mientras Raúl García (Gualeguaychú, segunda guitarra), tocaba una galopa y después de “Del chúcaro”, presentó a todos los músicos y pidió disculpas por los problemas de sonido. Los años lo pusieron manso, en otra época se ponía enérgico y se irritaba con sus asistentes.

 

“Manga de sordos, ¿no se aburren?”, bromeó, agradeciendo el apoyo y el cariño durante tantos años. Allí mencionó a quienes siguen comprando sus discos y a los periodistas que aún lo recuerdan y lo difunden.

 

Volvió a mostrar su generosidad, cediéndole el escenario a Yuyo González, el otro guitarrista, de San Miguel, buen cantor, que ofreció “Pescador y guitarrero” y “El duraznero”. Se mostró como apadrinándolo, como había hecho con Jacinto Piedra, a quien bautizó artísticamente, o como a Ginamaría Hidalgo, a quien recomendó en la grabadora o a Luciano Pereyra, que aún hoy escucha sus consejos.

 

“Jacinto Piedra”, una chacarera justamente compuesta para el joven cantor santiagueño fallecido y “Yo tengo un amigo nuevo”, la chamarrita escrita para el árbol que ve cuando abre la ventana de su casa en Luján, fueron dedicatorias incluidas. Si bien estas no llegan al nivel creativo de otras épocas, demuestran que Horacio nunca dejó de inspirarse.

 

Se quedó un poco afónico en el final, pero le quedó resto para “Si se calla el cantor”, otro himno de su creación.

 

Se quizo ir, no lo dejaron, el público se acercó al escenario y forzó un par de canciones más. El chamamé “Por las costas entrerrianas”, un poema escuchado en absoluto silencio y “Canción del adiós”, significaron la despedida.

 

“Gracias Rosario, no sé si volveré, pero siempre te recordaré”, dijo realista y emocionado.

 

Nació en el Chaco santafesino, se crió en Alto Verde, vivió en un conventillo de La Boca, ahora está radicado en Luján, pero Horacio Guarany es una figura que le pertenece al patrimonio cultural de los argentinos.

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