Tenía fama, prestigio y éxito. Pero a los 42 años se pegó dos tiros. En Desafiando el olvido, el periodista español Miguel Fernández indaga en torno a una de las figuras más controvertidas y olvidadas de la música argentina.

¿Por qué se suicidó Waldo de los Ríos? ¿Por qué motivos cayó en el olvido de manera exprés tras su muerte?. Esas son las preguntas a las que trata de contestar el periodista Miguel Fernández en su libro Desafiando el olvido, que recupera la figura del compositor argentino 43 años después de su fallecimiento, ocurrido el 28 de marzo de 1977.

De los Ríos, que había nacido en Buenos Aires, el 7 de septiembre de 1934, viajó a los estados Unidos en 1958 y terminó afincado en España desde 1962, donde se convirtió en un referente musical de su época -el director de La naranja mecánica y de Lolita, Stanley Kubrick, lo describió como “un compositor con mucho talento”- y cultivó una fama que superaba la media de quienes compartían su espacio artístico. 

Sin embargo, sus últimos años de vida transcurrieron en un marco de oscuridad que impulsaron a Fernández a indagar más a fondo en el misterio. Un trabajo de recopilación de información que no le resultó para nada sencillo, sino más bien todo lo contrario. Como si de un “juego de mesa se tratara donde avanzas una casilla y retrocedes dos”, según le contó el periodista español a EFE.

La figura del compositor argentino Waldo de los Ríos (1934-1977) regresa al primer plano de la actualidad, 43 años después de su trágica y prematura muerte, gracias al libro “Desafiando el olvido” del periodista Miguel Fernández.(Foto: EFE/ROCA EDITORIAL)

Ese proceso le llevó cerca de tres años. “Iba saltando de un lado a otro según lo que iba encontrando porque en este país se guarda poca información de esos tiempos, y luego muchos de sus amigos han muerto o son mayores”, explica.

Nacido en Buenos Aires, en el seno de una familia musical (hijo de la famosa cantante Martha de los Ríos) De los Ríos estudió en el conservatorio de música y artes escénicas de la capital y, con sólo 14 años consiguió el título de profesor.

Se casó con la actriz y escritora Isabel Pisano, con la que en 1962 se radicó en la península ibérica, donde empezó a trabajar como arreglista y director orquestal. Una década y media más tarde se pegó dos tiros en la cabeza. Era el 28 de marzo de 1977 y tenía apenas 42 años.

“Sobre las once y media de la noche del lunes, dos amigos del compositor argentino, Eladio Blázquez y Eduardo Lopesino, acudieron al chalet El Olivo, para visitar a Oswaldo Nicolás Ferrando, verdadero nombre del artista. Ante las llamadas, a las que no respondía nadie, los visitantes entraron en la casa que el músico tenía por costumbre dejar abierta. Sobre la cama, boca arriba, vestido de calle, con las gafas puestas y con el lado derecho de la cabeza destrozado, Waldo de los Ríos fue encontrado muerto”, cuenta la crónica de entonces publicada por el diario español El País.

Y sigue: “Avisada la policía varios funcionarios se dirigieron al chalet situado en una zona residencial. Según manifestarían después tuvieron grandes problemas para entrar, ya que seis perros guardaban la casa. Una vez reducidos, los policías encontraron el cuerpo del compositor, en cuyo lado derecho había una escopeta de caza, de dos cañones y de calibre doce. Fuentes policiales ampliarían posteriormente que el arma apuntaba al lado derecho de la cabeza y que estaba sostenida por la mano del compositor fallecido. ‘En principio parece un suicidio. De todas formas la investigación no ha concluido todavía'”.

El períódico consignaba también las declaraciones de su asistente, quien aseguró entonces que “el señor ni bebía”. Pero también señalaba, la publicación, que el músico había sido visto “en su coche, un Lamborghini Jarama, de color verde, conduciendo bruscamente por la urbanización. Sobre las cuatro y media llegó a su casa, donde frenó violentamente su automóvil y saltó, como hacía últimamente, la cancela de su casa.”

“Otras informaciones recogidas apuntan a que el compositor podría estar verdaderamente enfermo, causa de su disminución de peso y de la vida especial que llevaba en las últimas semanas. Había sido visto, según las citadas fuentes, varias veces en locales pintorescos madrileños en compañía de jóvenes amanerados. Esta situación, no se sabe si atribuida únicamente a una enfermedad, pudo provocar que el lunes decidiera poner fin a su vida”, conjeturaba el diario en su texto.

“¿Por qué se suicidó De los Ríos?” Esa pregunta se la hace todo mundo. Era un músico de prestigio, famoso, lo tenía todo… Entonces, ¿por qué lo hizo? Para responder a este interrogante, el autor del libro sitúa al lector en los últimos meses de vida del compositor. Describe a De los Ríos como agotado y preso de una depresión.

Las dietas de adelgazamiento, la represión de su homosexualidad, el miedo al olvido, el pensar que su era ya había acabado o la presión por parte de su madre. Problemas que, sumados a la ingesta de somníferos y alcohol, le llevaron a quitarse la vida con una escopeta.

El libro, que comienza con la diligencia judicial de su muerte, trata de esclarecer lo ocurrido aquella noche de 1977, ya que en su día se especuló que podía haber sido un asesinato. “El sensacionalismo cayó sobre su figura tras la muerte. Fue un auténtico espectáculo mediático. Se habló, se inventó, se manipuló, se hizo de todo, Waldo fue un poco víctima de su muerte”, afirma el escritor.

Depresión, represiones, adicciones, agotamiento y un terrible miedo al olvido: los demonios contra los que combatía Waldo de los Ríos. (Granada, 1962).EFE/ROCA EDITORIAL/NO VENTAS/SOLO USO EDITORIAL.

Por esa razón, Fernández decidió empezar la memoria con la diligencia oficial. “Yo he trabajado de una manera rigurosa y veraz sobre lo acontecido. En ningún momento he buscado el sensacionalismo, al contrario, quería reconstruir un hecho, un tiempo y una figura que fue importante para el país y la memoria de mucha gente”, aclara.

El título escogido para la biografía tampoco es coincidencia. De los Ríos estaba obsesionado con el olvido y no paraba de repetir constantemente que él estaba desafiando al olvido. “Se hacía fotos, se grababa en vídeo, guardaba su música y recortaba todo lo que salía en los periódicos sobre él, tenía miedo que el olvido le tapara por completo, así que no paraba de repetir una y otra vez esa frase”.

Leyendo el libro, se conozca o no a De los Ríos, es fácil preguntarse qué es lo que no hizo como músico, o en qué canción conocida de la época no intervino. “Tenía un ego muy fuerte -admite Fernández- le gustaba estar en todos los lados, desde platós de televisión hasta en las bandas sonoras de películas”.

Era un prodigio, o como a Fernández le gusta llamarle, un “todoterreno musical”. Trabajó con orquestas, actuó ante la reina de Inglaterra, puso banda sonora a películas y series de Chicho Ibáñez Serrador –La residencia o Historias para no dormir- y le dijo a Kubrick que “no”, cuando el realizador le propuso componer la banda sonora de La naranja mecánica.

“Creo que Waldo fue el primer compositor global, lo mismo te podía hacer una banda sonora, que el arreglo de una canción, que la cabecera de un programa de televisión o ahondar en el folclore argentino y español. Él hacía de todo y casi para todos. Tenía una multitud de registros, por eso llegó a tanta gente”, aclara Fernández.

Aunque, sin duda, su consagración llegó con el álbum Sinfonías, en particular con la Sinfonía número 40 de Mozart, y, pegó el “boom” con el arreglo del cuarto movimiento de la 9º Sinfonía en re menor de Beethoven, conocido como Himno a la alegría, que este 2020 cumple 50 años.

“Esta canción, cantada por Miguel Ríos, llegó a ser número uno de muchas listas de música mundiales -declara el autor-. De hecho, ahora con la pandemia, muchos son balcones en los que han rescatado esta canción”.

Genial, prodigio, precoz, reprimido, obsesivo, tierno. Así fue Waldo de los Ríos, el hombre, que como dice el autor, “pudo ser el Mozart del siglo XX”. Un talento brillante que tuvo la desgracia de morir joven.

Fuente: EFE/Silvia García Herráez

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