El artista estaba internado en la Fundación Favaloro desde el pasado 3 de julio con un cuadro de coronavirus y distintos problemas de salud. Fue uno de los grandes de la música popular argentina. En sus últimos momentos pidió escuchar Chopin

El pianista y compositor Manolo Juárez, de 83 años, un imprescindible de la música popular argentina, murió este sábado 25 de julio en la Fundación Favaloro, donde llevaba poco más de un mes internado por diversos problemas de salud y coronavirus detectado el 3 de julio.

   

Manolo Juárez, pianista, compositor y arreglador, debió ser internado el 25 de junio en la Fundación Favoloro donde se le hicieron estudios que revelaron una dificultad cardíaca severa que requirió una intervención para colocarle un cardiodesfribilador; a los ocho días se le diagnosticó Covid, aunque asintomático, por lo que debió ser aislado y aunque tuvo una mejoría en su salud sobrellevaba una persistente infección. En sus últimos momentos pidió escuchar a Chopin mientras estaba acompañado de sus hijos Mora y Pablo

Juárez es uno de los artistas centrales de la música popular en la Argentina. Sobresalió también en su condición de compositor clásico y uno de los protagonistas de la renovación del folklore en los años setenta con grupos como Juárez Trío o Juárez + 2. Un músico que podríamos definir como erudito popular y que desde el folclore creó una genuina voz innovadora sostenida por su talento como compositor y por una calidad técnica distinguible. Fue uno de los primeros, si no el primero, en utilizar batería en el género.

“Allá por 1972 creo que fui yo quien estrenó un trío con batería para hacer folclore y poco menos que me tiraron piedras. Las críticas hacían hincapié en la presencia de la batería y de la percusión, como por ejemplo en la música cuyana, que no la tiene. Me tomé ciertas libertades con una cueca que no fueron bienvenidas”, decía sonriendo. Manolo nunca se la puso excesivamente fácil al público de folclore; sus armonías y sus melodías lo ubicaban como un compositor que se alejaba de los lugares comunes y sus arreglos revelaban la amplitud de sus influencias. 

Su carrera artística fue entre dos mundos, lo popular y folclórico y lo clásico y en los que evitaba los vasos comunicantes. “Los tengo separados. Qué sé yo, cuando hago un asado pienso en el asado, cuando hago un guiso pienso en el guiso. Cuando compongo una obra de cámara tengo que tener un elemento generador, un élan, un pulso. Es como cuando le preguntan a Stravinsky cómo compone. Y decía: 'siento conflictos, siento regiones, siento pulsos, instrumentos; la melodía y la armonía vienen después'. Aunque ahora que lo pienso, tal vez en mi folclore haya algo clásico. Finalmente, lo distinto que yo hice en el folclore fue la forma sonata. Expongo el tema como viene. La armonía es el ropaje. Luego tomo una célula, la desarrollo y reexpongo. Es como la tragedia griega”, decía Juárez en una entrevista con Clarín años atrás.

En su labor docente fundó la Escuela Popular de Música de Avellaneda y formó a toda una camada de pianistas que hoy son principales animadores de la escena del jazz y de la música popular. Un músico con una energía y una audacia sostenida por una calidad técnica distinguible; un artista que en su obra discográfica, compuesta por unos 15 discos de folklore y tres de música clásica, se percibe un abordaje en el que se revela, sin estridencias, un legítimo espíritu innovador.

En Juárez, además de la bien ganada reputación de maestro en arreglos, coexistía una sabia combinación entre lo cerebral y el sentimiento presentes en todo su trabajo. “Creo que cada tema tiene su propio mundo expresivo. Los blues son de doce compases; sin embargo, hay fuertes y melancólicos, de ataque u otros introspectivos, como Blue in Green, de  Miles Davis; en los arreglos que les introduzco respeto, o intento respetar, ese color emocional”, señalaba al referirse a ese tono con el que abordaba su tarea de arreglador.

Sería injusta una semblanza de Manolo Juárez sin abarcar el aspecto humano. Sensible sin sentimentalismos, con un humor sarcástico y una honestidad intelectual a prueba a del tiempo, un bien cada vez más escaso en el mundo del arte, Juárez supo construir una carrera al margen de modas y de presiones comerciales. Desarrolló una actitud seria frente a la música, sin por ello transmitir solemnidad; por el contrario su música, sus arreglos, estaban enraizados en un genuino espíritu indagatorio de las fronteras de la música popular que hacía a su propuesta de un reflexivo interés. Si algo predominaba en su naturaleza era precisamente la libertad, la cual abunda en sus composiciones, de arreglos abiertos y en las que el gusto por la sencillez y la forma jamás se pierde.

Imprescindible. Manolo Juárez, en la intimidad de su casa. Foto: Juano Tesone

Imprescindible. Manolo Juárez, en la intimidad de su casa. Foto: Juano Tesone

Nació el 22 de abril de 1937 en Córdoba, hijo del escultor Horacio Juárez y quien le transmitió ese fecundo amor por el arte; a poco de nacer ya estaba en Buenos Aires, en un hogar frecuentado por Antonio Berni, Leopoldo Marechal Rafael Alberti, amigos de su padre y que frecuentaban su casa. “Mi padre no me llevaba a la calesita, sino que me hacía participar de las reuniones con estos artistas. Te diría que me traía el mundo a mi casa”, solía definir así esas reuniones en las que participaba como oyente.

Descubrió el piano a los siete años, a raíz de ver a un compañero de escuela tocar el Impromptus, de Schubert en un piano muy desafinado y “que me causó tal conmoción que tuve que ir al baño a vomitar”, recordaba con gracia aquel desafortunado episodio. Y comenzó a estudiar piano. A los 17 años ganó una mención de honor en el Concurso Viotti, de Milán con la composición Tríptico para piano. Estudió el instrumento con Ruwin Erlich; teoría musical con Jacobo Ficher y composición con Horacio Siccardi, Guillermo Graëtzer y Doménico Guáccero.

De la música clásica al folclore no hubo crisis en Manolo Juárez; fueron parte de su mundo, pero encontró en la música popular ese necesario espacio para ahondar en las formas y en el tono emotivo, una de las principales características de su obra.

Una de las históricas anécdotas de Manolo era la razón por la que compuso Chacarera sin segunda. El Mono Villegas le preguntó un día por qué en el folclore dicen “se va la segunda” y repiten la primera y esa fue su respuesta. Decía que definir la música por erudita o popular era anacrónico. “Venimos de una herencia cultural europea y hemos trazado nuestro propio camino cultural a través de la música popular”.

Precisamente, su música grabada habla no sólo de un haber hecho camino propio sino que también de formas abiertas; su Trío Juárez (1970) y Juárez + 2 (1972) fueron claras señales de ese mundo innovador que traía la música de este eximio pianista, en el que la docencia siempre tuvo también mucho espacio hasta llegar a crear un verdadero “Clan Juárez” entre sus alumnos.

Trabajos como de Tiempo reflejado (1977), Tarde de invierno (1980), Contraflor al resto (1983), A dos pianos (con Lito Vitale, en 1983) y Solo piano y algo más (1984), generaron ese prestigio tan bien ganado de compositor y estilista del piano folclórico.

Manolo Juárez creó no sólo una escuela de pianistas, edificó una forma de pensar a la música popular sin cerrojos a su evolución; una libertad que transmite su legado artístico, de una genuina calidad creativa y una honestidad entera.

Con el deceso confirmado a Télam por su familia, se va un pianista y un creador impetuoso y genial que abrió sendas para el abordaje del folclore como autor, intérprete docente, tareas que resumió como uno de los fundadores de la Escuela de Música Popular de Avellaneda.

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