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16/02/2026

El knockout de Marco Rubio en Munich

Fuente: telam

El secretario de Estado pronunció un discurso demoledor: cuestionó el multilateralismo, defendió la civilización occidental y exigió a Europa que asuma sus responsabilidades. Sin estridencias, con franqueza quirúrgica, se perfila como el doctrinario pragmático que el mundo necesitaba escuchar

>Marco Rubio acaba de pronunciar, acaso, el discurso más impresionante de la era Trump que hayamos presenciado. Con aplomo y una serenidad poco frecuente en estos tiempos, construyó una pieza oratoria propia que marca un antes y un después en la política internacional. No abundan intervenciones de esta naturaleza: discursos que, en lugar de esquivar los hechos, intentan explicar el sentido de lo que nos ocurre. Y discursos que destacan un sentido de pertenencia tan elocuente.

Es cierto: no se trata de un improvisado. Rubio es un político experimentado, que ha crecido minuto a minuto al frente del Departamento de Estado pero viene de una carrera parlamentaria de larga data. Del precandidato republicano al que Donald Trump caricaturizaba por el tamaño de sus orejas, al pivot diplomático de Estados Unidos frente al mundo, hay un trayecto largo y en superación permanente. Hijo de cubanos, con raíces italianas y españolas -detalle que recordó ante el foro-, su biografía también es parte del relato que construye.

No nombró a China en ese momento, pero la sombra estuvo allí en esa parte de su oratoria. Mientras el gigante asiático irrumpía en el comercio global a una velocidad que desarmó la caja de cambios del sistema, utilizaba instrumentos propios de un capitalismo dirigido, jugando simultáneamente en la cancha abierta y en la cerrada. Rubio lo expuso entonces con elegancia, sin estridencias. Y cuando le preguntaron, fue claro: con China hay que entenderse, sí, pero desde la conciencia de que existen intereses nacionales y visiones diferentes. Nunca eludiendo la respuesta, siempre en un sincericidio que no existe en la diplomacia internacional.

Acá está uno de los ejes de su relato: no habla de forma irrelevante, no llena los espacios del tiempo con retóricas vanas o frases de efecto, afirma lo que entiende pertinente, organiza sus ideas y posee una convicción que no es frecuente en demasiados políticos profesionales que apestan a individualismo extremo y a vericuetos orales inconducentes.

Hace tiempo que los foros internacionales se llenan de discursos vacíos, cargados de cinismo diplomático. El público lo percibe, todos lo percibimos y por eso aburre ver y leer lo que se declara. Por eso Rubio empieza a ocupar un lugar central: se perfila como un doctrinario pragmático del pensamiento norteamericano en el mundo, alguien que intenta ofrecer una arquitectura conceptual a la geopolítica contemporánea y una acción superviniente. Trump es la estridencia dentro del caos, Rubio es la respuesta al sonido y la ruta de salida. No hacen mal equipo, mal que le pese a muchos.

En Múnich también reformuló la pregunta esencial: cuando hablamos de defensa, ¿qué defendemos? Y allí situó el eje en la civilización occidental, en una tradición que -sostuvo- tiene razones para sentirse orgullosa. La interpelación a Europa fue directa: no se trata solo de presupuestos militares, sino de conciencia histórica.

También se permitió criticar a la “secta climática”, a la que reprochó imponer cargas fiscales sin mérito suficiente. Y reconoció la magnitud de la crisis migratoria -difícil de ignorar para alguien de raíces latinoamericanas- como un fenómeno central del tiempo que vivimos. No le faltó nada, y no voy a agregar los temas de agenda planetaria porque los abordó todos. Impactante.

En el fondo, su planteo es que Estados Unidos no puede perder la batalla por la libertad, por sus valores, por su identidad, que es la batalla del mundo occidental. Se puede disentir con estilos de Donald Trump, será más difícil desoír este diagnóstico de Marco Rubio sin admitir que acierta. Porque parte de una premisa incómoda: el conflicto existe. Y no se supera con cócteles ni con diálogos congelados en el formato del siglo pasado. Eso salió mal.

La identidad basada en valores es una construcción occidental. Y conviene recordarlo: cuando el mundo arde, es Estados Unidos quien suele involucrarse. Otros actores juegan partidas distintas. No siempre lo hace bien Estados Unidos, es cierto, pero más de una vez ha sacado las castañas del fuego cuando todo parecía perdido.

Si Europa despierta de su ensimismamiento y su negación de la realidad, tiene una oportunidad junto a Estados Unidos. Pero deberá invertir más en defensa, asumir costos y comprender que mirar hacia otro lado no es una estrategia. Con una edad promedio de 44 años, baja natalidad y migraciones crecientes en su territorio -que no logran integrarse- el interrogante demográfico no es menor y la ecuación de paz todo un desafío. ¿Qué Europa se está gestando? ¿Recordamos que es la misma Europa que hasta hace unos años dependía para su calefacción de Rusia? ¿Europa ahora entiende quienes son sus amigos? ¿Hace falta alguna lección más?

La política está llena de ambición, pero también, a veces, de sentido del destino. No es maniqueísmo infantil afirmar que hay una disputa entre modelos: de un lado, las democracias con sus valores y creencias culturales; del otro, proyectos alternativos.

Ajusten los cinturones: vienen turbulencias.

Fuente: telam

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