Domingo 12 de Abril de 2026

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12/04/2026

"Si quieren venir que vengan": la arenga de Galtieri en la Plaza de Mayo y el informe que develaba el verdadero plan del dictador

Fuente: telam

Una muchedumbre expectante, la Casa Rosada desbordada y la aparición del dictador en el balcón marcaron un punto de no retorno en los días previos al conflicto armado. Las maniobras diplomáticas fallidas y el documento de la embajada de Estados Unidos que anticipaba las intenciones reales del poder político tras la recuperación de las Islas Malvinas

Fue una bravuconada, una imprudencia soltada a boca floja sin medir ni las consecuencias ni la racionalidad, una mesura imprescindible para un país que estaba al borde de la guerra, o ya estaba inmerso en una guerra en medio del fervor irreflexivo y la euforia aturdida del dictador de turno. El sábado 10 de abril de 1982, hace ya cuarenta y cuatro años, ocho días después de que las fuerzas armadas argentinas invadieran y recuperaran las Islas Malvinas, el presidente de facto, teniente general Leopoldo Fortunato Galtieri, trepó al histórico balcón de la Casa de Gobierno, enfrentó a una muchedumbre entre hostil, eufórica y perpleja que celebraba el hecho militar, silbaba a los militares, vivaba a Juan Perón y cantaba a voz viva la marcha peronista, y gritó aquella bravata sin retorno, sin hilván, sin asidero que amenazaba ahogar, o ahogaba, o terminaría por ahogar toda posibilidad de paz: "Si quieren venir que vengan. Les presentaremos batalla".

Estaba dirigida al gobierno británico, que ya había empezado a enviar sus tropas al Atlántico Sur, y al gobierno de Estados Unidos que oficiaba de falso mediador en el conflicto. Galtieri habló ante la Plaza de Mayo desbordada, minutos después de reunirse por primera vez con el enviado especial del presidente Ronald Reagan, el entonces secretario de Estado, general Alexander Haig, y en el momento que Haig sobrevolaba la Plaza de Mayo en el helicóptero que iba a depositarlo en el Sheraton de Retiro.

Si el poder militar pretendía impresionar a Haig con aquella formidable manifestación popular, logró el efecto contrario: Haig y el resto de los diplomáticos americanos, incluido el experimentado general Vernon Walters, un duro que había dirigido la CIA, que hablaba muy bien español, que conocía también muy bien a los militares latinoamericanos y que había oficiado de traductor entre Haig y Galtieri, pensaron que Argentina se asemejaba al Irán del ayatollah Khomeini en los días de caos, sangre y fuego que siguieron a la instauración de la República Islámica en 1979.

Todo lo que podía salir mal aquel sábado 10 de abril, salió mal. En especial, falló de punta a punta la valoración que las autoridades argentinas, la junta militar que integraban con Galtieri el almirante Jorge Anaya, inspirador e impulsor de la invasión a Malvinas, y el brigadier Basilio Lami Dozo, junto al canciller Nicanor Costa Méndez, hicieron de la misión que traía entre manos el general Haig. La diplomacia estadounidense supo, o intuyó, o vaticinó cuáles eran las intenciones del poder militar en la Argentina.

El 2 de abril, mientras en las islas se jugaba buena parte del futuro de la guerra y a apenas horas de la invasión, el entonces embajador en Buenos Aires, Harry Schlaudeman envió un informe al Departamento de Estado que dirigía el general Haig. "Esta es una valoración preliminar sobre las complicaciones políticas de la invasión a las Falklands/Malvinas. El presidente Galtieri �dice el cable de la Embajada 3021� tiene la esperanza de usar esta aventura para comprar tiempo político, solidificar su autoridad y quedarse en el poder hasta 1987. (�) Cuando la euforia popular pase, sin embargo, quedarán los mismos problemas de una profunda recesión económica y de la impopularidad del gobierno militar, (�) La frustrada marcha de la CGT del 31 de marzo (la fecha es errada, fue el 30 de marzo) la primera manifestación masiva desde 1976, debe haber servido como vívido aviso a los militares de lo que puede pasar con la autoridad gubernamental en las calles de Baires. (�) Ni bien se conocieron las noticias del desembarco el GOA (por el gobierno argentino) lanzó una masiva campaña para promover la unidad nacional y la alegría popular que incluye una nueva canción para la ocasión "Malvinas Argentinas", emitidas sin fin por radio y televisión, banderas por todas partes y una aparición de Galtieri 'a lo Perón' ante las masas en Plaza de Mayo. (�) Si la Operación Malvinas es menos que la promesa de un éxito rápido, el presidente pronto podría estar bajo fuego (�)"

La misión de Haig, pedida por Reagan, no podía ser la de una mediación entre Gran Bretaña y Argentina. La misión de Haig era evitar la guerra. El 1� de abril, con las tropas ya embarcadas y lanzadas a Malvinas, Reagan había mantenido un diálogo dramático con Galtieri, precedido de un intento del argentino de no atender la llamada de su par americano: lo convenció Costa Méndez con una lógica de acero: "General �le dijo a Galtieri� es el presidente de Estados Unidos. Si Brezhnev habla con él, usted no puede negarse." El largo intercambio telefónico entre los dos presidentes se agotó cuando Galtieri dejó en claro que no tenía intenciones de interrumpir la operación militar y de evitar el uso de la fuerza en las islas. "Debo entender de sus palabras, señor Presidente �dijo Reagan� que la Argentina mantiene su posición respecto al uso de la fuerza. No quiero dejar de puntualizar claramente entonces que la relación entre su país y el mío sufrirá gravemente. (�) Gran Bretaña, señor Presidente, es un amigo muy estrecho de los Estados Unidos y la nueva relación que hoy mantiene Washington con Argentina se verá irremediablemente perjudicada. (�) Intenté crear un buen caso para persuadirlo de que no recurriera al uso de la fuerza, pero no podía dejar de llamarlo precisamente porque sé cuáles serán las consecuencias de esta acción argentina".

Ni bien colgó con Galtieri, Reagan envió un mensaje a la primer ministro británica Margaret Thatcher, a quien la unía una amistad personal: "Querida Margaret �empezaba el texto� He hablado recién y largamente, en detalle, con el general Galtieri sobre la situación de las Falklands. Le transmití mi personal preocupación sobre la posibilidad de una invasión argentina. (�) El general escuchó mi mensaje, pero no se comprometió a cumplirlo. En cambio, habló en términos de ultimátum y me dejó con la clara sensación de que estaba embarcado en un curso de conflicto armado. Vamos a seguir cooperando con tu gobierno (�) Mientras tenemos una política de neutralidad sobre el tema de la soberanía, no seremos neutrales si Argentina usa la fuerza militar. Calurosos saludos. Ron".

Haig no tenía buenos sentimientos hacia la junta militar argentina. Ni siquiera por esa camaradería que se da entre los hombres de armas. Por el contrario, había calificado a Galtieri y a la cúpula de las fuerzas armadas argentinas como "esbirros locos de poder" durante un encuentro en el Departamento de Estado del que habían participado diplomáticos, militares y consejeros de seguridad de Reagan, incluido el polifacético Vernon Walters y en el que se analizó el conflicto inminente y los alcances de la misión de Haig. A partir de la invasión a Malvinas, el gobierno de Estados Unidos ya no era neutral. De hecho, en 1988, seis años después de terminada la guerra, John Lehman, que en 1982 era secretario de la Armada de Estados Unidos, reveló que Gran Bretaña no hubiese podido "reconquistar" las islas Malvinas sin la ayuda estadounidense. En una entrevista a la BBC, Lehman dijo: "Si el gobierno de Ronald Reagan le hubiera negado su respaldo, Gran Bretaña debería haberse retirado de las Malvinas".

Casi a su pesar, un poco en el ocaso de su carrera política, Haig, que había comandado a las fuerzas de la OTAN, llegó a Buenos Aires la noche del viernes 9 de abril. Hizo una declaración de circunstancias pero dejó claro que su misión era la de evitar la guerra: "El presidente Reagan me pidió que lo represente personalmente en tratar de hallar una solución al conflicto. Es mi deseo ser una ayuda sobre la base de la resolución 502 para encontrar una solución diplomática en mi primera visita a Buenos Aires (�)"

La resolución 502 de la que hablaba Haig había sido dictada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas el 3 de abril y establecía el cese de las hostilidades, la retirada inmediata de todas las fuerzas argentinas de las islas y exhortaba a los dos países a que hallaran una solución diplomática al conflicto. En Ezeiza lo había esperado el canciller Costa Méndez, de quien Haig terminaría por recelar y por adjudicarle el boicot a todas sus iniciativas diplomáticas. Mientras Haig entraba a la ciudad para hospedarse en el Sheraton, el gobierno armaba una gigantesca movilización popular para sorprender e impresionar al día siguiente al secretario de Estado. Tal vez podían impresionarlo, y sólo tal vez; pero Haig no se iba a sorprender por nada: lo sabía todo. Ese mismo viernes 9 le había llegado al avión que lo traía a Buenos Aires, un mensaje del embajador Schlaudeman que lo ponía al tanto de los planes del gobierno militar argentino.

El mensaje de Schlaudeman, enviado a las tres de la tarde hora de Buenos Aires, decía: ""De la Embajada al avión de Haig. Inmediatamente. Una estación de radio de Baires ha llamado a la población a reunirse en la Plaza de mayo a las 11 del 10 de abril para demostrar al secretario Haig el apoyo por la captura argentina de Malvinas. El secretario general de la presidencia, general Norberto Iglesias negó toda responsabilidad del GOA (por gobierno argentino) por la idea de la radio, pero dijo que el gobierno la apoya. Habrá buses gratis. La Plaza de Mayo está frente al palacio presidencial donde el secretario Haig encontrará al presidente Galtieri a las 11. Muchos argentinos están en favor del USG (por gobierno de Estados Unidos). No esperamos que la multitud sea hostil. En todo caso, el GOA desplegará sus fuerzas para el control de la manifestación."

"Costa Méndez �sigue el documento� sugirió a la prensa el 9 que el apoyo internacional a Argentina en la disputa por las Falklands está creciendo. Dijo que 'si los tercos británicos siguen y quieren atacar, nos vamos a defender y sabemos muy bien cómo'. Comentario: Debemos ver en todo esto el inicio de una clase de autoceguera que hará que sea incluso muy difícil para el GOA responder racionalmente a la presente crisis. El ministro del exterior (por Costa Méndez) le dijo esta mañana al embajador que percibía que elementos de opinión internacional están cambiando a favor de Argentina". Estaba especialmente complacido con lo que percibía hacia dónde se dirigía la opinión latinoamericana. El embajador le replicó que el problema no es hoy la dirección de la opinión internacional, sino cómo evitar una guerra. Schlaudeman".

La emisora de la que hablaba el informe del embajador de Estados Unidos era Radio Rivadavia. Sus directivos habían sido contactados, al igual que los directivos de otros medios privados, por las autoridades militares. Rivadavia era entonces la emisora de mayor audiencia y enseguida tomó como propia la iniciativa del gobierno. La encabezó el entonces popular relator deportivo José María Muñoz, directivo también de la empresa concesionaria de la onda radial, que llamó a los argentinos "a demostrar al señor Alexander Haig y al mundo entero la unidad nacional de los argentinos". La multitud que al día siguiente colmaría la Plaza de Mayo, empezó a reunirse frente a la Casa de Gobierno en la noche del viernes 9. En la primera hora del sábado, a la una de la mañana, cuando ya Haig descansaba en su hotel, Galtieri desde el balcón de la Rosada, improvisó un breve mensaje a los manifestantes tempraneros y, de paso, testeó el humor popular. "Tengan la absoluta certeza �les dijo� de que el pueblo argentino será bien representado por su gobierno".

Al canciller estadounidense le faltaba pasar por una nueva experiencia de inmersión total en los fervores argentinos. Después de una reunión de trabajo en el palacio de la Cancillería entre las dos delegaciones, Costa Méndez llevó a Haig en su auto hasta la Casa de Gobierno y a las inmediaciones de la plaza que desbordaba entusiasmo. Haig tuvo la certeza de que Costa Méndez había pedido a su chofer que marchara con lentitud y así lo hizo constar en sus "Memorias": "Hizo disminuir la velocidad del automóvil para que tuviéramos más tiempo de conversar antes de llegar a la Casa Rosada, pero en realidad sospeché que lo hacía para que los grupos pagados despertaran en mí el asombro de su entusiasmo. Me hacía recordar a los noticieros filmados en Roma y Berlín en la década del 30". Haig hablaba del ascenso del fascismo y del nazismo en Europa.

El diálogo entre Galtieri y Haig es otra historia a ser contada. No hubo ningún acuerdo entre ambos. El americano desplegó sus dotes diplomáticas, si las tenía, en busca de un pacto, de un convenio, de un arreglo entre las dos naciones en pugna. Hasta que Galtieri le dijo: "En esta agradable conversación le diré algo sólo una vez y luego no volveré a repetirlo. En cuanto a la Argentina concierne, no existe ninguna duda con respecto a nuestra soberanía en las islas. Estamos dispuestos a negociar sobre cualquier otro punto". Haig evoca: "Le dije que si insistía en que hubiera un gobernador argentino en las islas, habría guerra (�) Galtieri replicó: 'Lo siento muchísimo, pero el gobierno de la islas debe ser argentino. Argentina no dará un paso atrás en lo que considera sus derechos".

El diálogo entre ambos prometió seguir en busca de un acuerdo imposible. Así fue que Galtieri salió al balcón de la Casa de Gobierno. Antes, una última jugarreta: le sugirió a Haig que usara uno de los dos helicópteros del gobierno para trasladarse al Sheraton. Haig, que también era un zorro viejo, dijo que estaba seguro de que podía llegar a Retiro en auto, tal como había hecho horas antes al llegar a la Rosada. Pero Galtieri insistió porque estaba decidido a que el enviado de Reagan tuviera una vista aérea del fervor argentino. Así que junto al embajador Schlaudeman y al general Walters, Haig subió al helipuerto de la Rosada, estrechó la mano de Costa Méndez, trepó al helicóptero argentino y sobrevoló la Plaza de Mayo, encendida de pasión y fervor porque, además, su partida fue anunciada en el momento oportuno por los altavoces de la Plaza. Minutos después, durante el almuerzo en el Sheraton, Haig se mostró alarmado; había visto en la manifestación de la Plaza la técnica de propaganda del ayatollah Khomeini en Irán durante la crisis de los rehenes norteamericanos, secuestrados en la embajada de Estados Unidos en Teherán durante cuatrocientos cuarenta y cuatro días entre 1979 y 1981. Haig fue más lejos, se preguntó, y le preguntó a Schlaudeman si, dado lo que había visto, debía prepararse u ordenar la evacuación del personal de la Embajada que no fuese estrictamente necesario.

Tras la entrevista con Haig, Galtieri apareció de inmediato en el balcón de la Rosada junto a parte de su gabinete. Entre ellos, el general Héctor Norberto Iglesias, secretario general de la presidencia, que ocho días antes, el 2 de abril, ante una muestra idéntica de fervor popular le había dicho a Galtieri con un deleite infantil: "Gócelo jefe�" Galtieri ahora alzó su mano derecha, la palma hacia el frente, en un intento de pedir silencio a una multitud que cantaba la marcha peronista, sonido que fue atenuado, rebajado o eliminado de la emisión de la cadena nacional. Empezó su discurso con una referencia escolar al 25 de Mayo de 1810. "Pueblo argentino �dijo� El pueblo quiere saber de qué se trata�". No era intención de la dictadura que el pueblo supiese de qué se trataba. Pero la voz ronca, poderosa y también vacilante de Galtieri reiteró un par de veces ese concepto, como si intentara fijar la idea simbólica de un gran cabildo abierto sobre Malvinas.

Cada vez que Galtieri nombró a Estados Unidos, a Gran Bretaña o a Margaret Thatcher, una feroz silbatina atronó la Plaza. Pero la misma furia, los mismos silbidos, el mismo desprecio lo sacudía cada vez que se presentaba, lo hizo dos veces, como "presidente de la Nación". Se refirió a la conversación con Haig y dijo que había servido para "mantener la dignidad y el honor de la Nación argentina, que no es negociado con nadie".

Inició luego un extraño ir y venir entre el respeto y la amenaza para hablar del conflicto y del Reino Unido, una conducta que también había llamado la atención de Haig que se había ido de la Casa de Gobierno convencido de que Galtieri era incapaz de negociar por sí solo, sin el consentimiento de sus pares de la junta y que la "aventura de Malvinas �así lo dejó escrito en sus "Memorias"� era una operación eminentemente naval, concebida e impuesta a la Junta por esa fuerza".

Desde el balcón de la Rosada, Galtieri dijo entonces: "El gobierno de Gran Bretaña, la señora Thatcher y el pueblo de Gran Bretaña, no han escuchado hasta ahora una sola palabra de ataque, o una sola palabra ultrajando su honor y su reputación. �Hasta ahora!". Como si el conflicto en Malvinas hubiese pasado al terreno semántico, expresó: "Pero le pido, como presidente de la Nación, al gobierno y al pueblo inglés la moderación en sus expresiones y la moderación en sus hechos. El gobierno argentino y el pueblo argentino, en este cabildo abierto, puede enardecerse y presentar a las ofensas, mayores ofensas".

Con frases mal hilvanadas, con un énfasis algo absurdo en palabras que carecían de tal o que no lo merecían y a las que era imposible endilgárselo, con construcciones que desafiaban toda ley gramatical, Galtieri intentó navegar entre esas dos aguas peligrosas que mencionaban la idea de alcanzar "la paz con hidalguía" y amenazaban a la vez con el enfrentamiento armado. Fue entonces cuando lo dijo: "�Que sepa �titubeó como si no supiera a quién se dirigía� el mundo, América, que hay un pueblo con voluntad como el pueblo argentino�! �Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla!".

Fue ovacionado. Después, repitió conceptos mientras su discurso se deshilachaba tramo a tramo: "Si es necesario, este pueblo que yo trato de interpretar como presidente de la Nación (silbidos) va a estar dispuesto a tender la mano al adversario en la paz con hidalguía y en la paz con honor. Pero también va a estar dispuesto a escarmentar a quien se atreva a tocar un metro cuadrado de territorio argentino". Alguien, a micrófono abierto, le aconsejó entonces: "Invítelos a cantar el Himno antes de que podamos retirarnos". Segundos después, otro alguien le sugirió: "Hay delegaciones del interior, no se olvide". La multitud cantaba unas estrofas representativas de la izquierda setentista, que maldita gracia le hacía al poder militar: "El pueblo unido / jamás será vencido". Galtieri invitó a corear el Himno Nacional y minutos después todo había terminado.

Todavía no había pasado lo que estaba por venir.

Fuente: telam

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