11/07/2026
Kate Zambreno llega con 'Historias de animales', un libro que mezcla zoológicos, Kafka y memoria
Fuente: telam
Infobae Cultura comparte un fragmento del nuevo libro de la crítica y ensayista estadounidense, una de las voces más originales de la literatura contemporánea
Kate Zambreno, una de las voces más singulares de la literatura contemporánea en lengua inglesa, publica Historias de animales, su primer libro traducido al español por Cecilia Pavón. Nacida en Illinois en 1977, Zambreno escribe, hace crítica y da clases de escritura; colabora en The New Yorker, The Paris Review y BOMB, y en 2021 obtuvo la beca Guggenheim. Autores como Annie Ernaux y Enrique Vila-Matas señalan que su obra propone una nueva forma de aproximarse y narrar la experiencia.
Historias de animales se organiza en dos partes. La primera, Estudios del zoológico, reúne ensayos en los que Zambreno recorre el zoológico junto a sus hijas, entre lecturas, fotografías y recuerdos de infancia, con John Berger, Donna Haraway, Francis Bacon y Yoko Tawada como interlocutores. La segunda, Mi sistema Kafka, explora la condición animal de la existencia humana a través de apuntes sobre la vida y la obra de Franz Kafka, entrelazados con el relato de su propia experiencia como docente contratada durante la pandemia.
El fragmento que Infobae Cultura comparte a continuación, "La casa de los monos", pertenece a esa primera parte. Su punto de partida es la Rotonde des Singes del Jardin des Plantes de París, ese palacio de vidrio art déco donde, a ambos lados del cristal, hombre y simio se observan sin que quede del todo claro quién mira a quién. Desde allí, Zambreno despliega una meditación sobre el tiempo, la memoria y la mortalidad que atraviesa el ensayo de Berger sobre el zoológico de Basilea, la historia evolutiva de los primates y hasta el destello de inspiración que, según se cuenta, llevó a Vladimir Nabokov a escribir Lolita.
El Jardin des Plantes de París, ubicado frente a la estación de tren de Austerlitz, alberga uno de los zoológicos más antiguos del mundo. Durante la Revolución francesa, saquearon el zoológico real en Versalles y destruyeron o se comieron la mayor parte de la colección de animales del rey. Después de que Luis XVI muriera en la guillotina, los animales que quedaron �entre ellos un león y un rinoceronte� se salvaron de la sentencia de muerte y terminaron siendo parte de la primera ménagerie del Jardin des Plantes. Una colección real abandonada a la que se le unieron algunos monos amaestrados y osos bailarines que habían sido incautados por una norma gubernamental respecto a los animales de circo en París. Los antiguos dueños de esos animales, a su vez, fueron contratados como los primeros cuidadores del zoológico. Napoleón abasteció la ménagerie con una especie de arca de Noé. Multitudes se reunían para ver un elefante, una cebra, una jirafa, un oso polar. En el siglo siguiente, debido a debates sobre la ética del encierro, la mayor parte de los animales grandes fueron trasladados a zoológicos más amplios o murieron. Hoy solo hay animales pequeños en los recintos exteriores del Jardin des Plantes, como avestruces y !amencos, algunas criaturas de pastoreo y pequeños pandas rojos retozando en el foso napoleónico de los osos. Pero siguen en pie los invernaderos con armazón metálico, como la Rotonde des Singes, construida en 1934 en estilo art déco. Es un palacio de vidrio para primates donde ambos lados se observan mutuamente: el hombre mira al simio y el simio mira al hombre.
Como escribe John Berger en un ensayo de 1991 sobre su visita al zoológico de Basilea, Suiza, este diseño abierto hace que la arquitectura del pabellón de los monos dé la impresión de ser un teatro circular, con asientos en varios niveles (y también balcones desde los cuales los actores pueden orinar), y acentúa la sensación de que los grandes simios están gesticulando para el público. Es un teatro extraño, escribe, donde a ambos lados del vidrio cada grupo podría pensar que es el público. La palabra evolución, continúa Berger, proviene del latín y significa desplegar. Su ensayo sobre observar a los monos en el zoológico se pliega y despliega de maneras extrañas y sorprendentes y retrocede en la historia para convertirse en una meditación sobre el tiempo. Berger recuerda ir al zoológico de niño con sus padres, especialmente con su padre. De hecho, nos dice que este es uno de sus pocos recuerdos felices de la infancia, pero no aclara si es porque sus recuerdos de la infancia no son felices en general o �algo que es igual de probable� porque han pasado demasiadas décadas como para tenerlos presentes.
Tal vez no haya una brecha más marcada de conciencia y experiencia entre niño y adulto que aquella que se produce al visitar un zoológico. Como ha escrito Berger en otro lugar, lo que un niño experimenta como curiosidad o alegría al mirar a los animales �y Berger duda de que este sea el caso� el adulto filosófico lo observa con melancolía, y a menudo con una oleada de empatía por la cotidianidad oprimida de las criaturas tras las rejas. Una sensación que se disipa en parte cuando las deja de ver. Porque los zoológicos son espacios psíquicos increíblemente complejos, profundamente tristes la mayor parte de las veces; una elección extraña para peregrinaciones regulares de diversión.
Y sin embargo, Berger recuerda estar sentado de niño con su padre mirando a los monos jugar y meditando sobre el misterio que rodea el despliegue de la evolución, particularmente �como reza el tópico� sobre nuestra afinidad con los simios, ese drama de una semejanza casi total. Él y su padre perdían toda noción del tiempo, escribe Berger, sentados allí en un silencio placentero. Repite que estaban excluidos del paso del tiempo y regresa fugazmente a su presente: un hombre viejo en un país extranjero entre jóvenes animados y sus familias que vuelve a su infancia londinense, al momento en que sus padres estaban vivos. Como ha señalado Gillian Osborne, un párrafo hacia el final del ensayo resalta por su carga emotiva: el del crítico que recuerda un chimpancé de peluche que le regalaron cuando tenía dos años. Este párrafo aparece de repente en medio de una enumeración de hechos sobre la historia evolutiva de la locomoción de los animales, los accidentes que devienen selección natural (como el movimiento aleatorio de este ensayo), la forma en que la anatomía de los simios evolucionó para permitirles colgarse de los árboles y balancearse de rama en rama.
Un tipo de movimiento conocido como braquiación que Berger describe en una serie de secuencias a la manera del babuino único y sin embargo múltiple de Eadweard Muybridge caminando en cuatro patas y trepando un poste. Berger recuerda que cuando era muy pequeño recibía a cada visitante de la casa familiar en Londres acompañado por su chimpancé de peluche llamado Jackie. Ese es el gesto cargado de pathos de ese párrafo, de esa secuencia de recuerdos: el pequeño John Berger desplazándose a través del tiempo. Como los niños que observa en el zoológico de Basilea, se interna en el cuarto oscuro de la memoria y ya no puede afirmar con certeza que el mono de peluche se llamara Jackie. La única persona que realmente podría saberlo con seguridad es su madre, y ella está muerta.
Quizás exista una mínima posibilidad de que un lector le comunique que fue uno de los muchos visitantes de su casa que cruzó esa puerta hacia esa habitación de su infancia; la misma posibilidad de una entre un millón, señala, de que una mutación genética se produzca por selección natural. El intento de interpelar y establecer un vínculo con el lector es uno de los muchos momentos conmovedores y extraños de este pasaje: no solo la madre que aparece como una presencia espectral a lo largo del texto, más en la periferia que el padre, sino también los deslizamientos de la memoria. �Puede alguien recordarme? �Puedo siquiera recordarme a mí mismo? Ambos rostros están presionados contra el vidrio en este momento �el del autor y el del lector� y no queda claro quién es el intérprete y quién el público.
La verdadera meditación emerge aquí: la conciencia de la mortalidad y la pregunta por si los monos comparten ese mismo pavor existencial. El niño pequeño que abraza a su mono de peluche, ahora un hombre anciano, se descubre mirándose en el reflejo de un gorila viejo que parece casi ciego. Berger compara a ese gorila con Pozzo, el personaje de Samuel Beckett que elige no ver en lugar de tener que pensar en el tiempo o en la inevitabilidad de su muerte. Le pregunta a la joven cuidadora del zoológico cuál es la edad del gorila anciano, y ella lo mira, como con compasión, y le dice que tiene más o menos la misma edad que él: un momento que efectivamente parece sacado de una obra de Beckett. �Qué piensa la gente de este hombre de poco más de sesenta años solo �si es que de hecho está solo� en el zoológico un día de otoño? Y al observar una fotografía en tono sepia de la Rotonde des Singes en el Jardin des Plantes, noto el único árbol desnudo en el centro del recinto.
Como si fuera el diseño escenográfico para una producción simiesca de Esperando a Godot: espectadores vestidos con sus mejores galas dominicales esperando que ocurra algo, con los actores dentro, inseguros de sus roles. Se dice que Vladimir Nabokov sintió por primera vez el destello de inspiración para Lolita después de leer en un periódico la historia de un simio del Jardin des Plantes que supuestamente produjo el primer dibujo hecho por un animal: un boceto a carbonilla de los barrotes de su jaula. Este es uno de los muchos relatos históricos de orangutanes exhibidos y entrenados para imitar habilidades humanas, muy similar al de los chimpancés del zoológico de Londres que Berger dice haber visto de niño en la década de 1930 haciendo gestos de comer y beber. En el siglo xvii, el médico holandés Jacobus Bontius escribió sobre simios salvajes en la isla de Java llamados Ourang Outang (hombre del bosque). También hubo relatos de segunda mano de los primeros exploradores europeos que se encontraron con criaturas salvajes de aspecto humano en el bosque, vivían a miles de kilómetros de distancia, en las selvas africanas y asiáticas y se las describía como familiares y extrañas al mismo tiempo. Incluso pensadores como Rousseau se preguntaban si se trataba de una raza separada y misteriosa de hombres salvajes.
[Fotos: Heather Sten/prensa Eterna Cadencia]
Fuente: telam

