FOLKLORE
La Casa de Matías: cuando el dolor se transforma en amor

En el marco de los 60 años del Festival Nacional de Doma y Folclore de Jesús María, hay historias que no se cuentan desde el escenario, pero que sostienen silenciosamente a una comunidad. Una de ellas es la de Roxana Toranzo, creadora de La Casa de Matías, un hogar–albergue que desde hace más de tres décadas acompaña a niños y jóvenes en situación de vulnerabilidad.
La historia nace del dolor más profundo. Matías, su hijo de apenas tres años, falleció trágicamente tras perderse mientras estaba al cuidado de su niñera. Fue encontrado horas después, ahogado en una acequia. En ese momento, Roxana sintió que la vida la ponía frente a una decisión extrema: alejarse de Dios o aferrarse aún más a la fe.
Eligió creer. Eligió seguir.
Desde una fe profunda, heredada de una familia católica y creyente, Roxana encontró respuestas donde parecía no haberlas. “Si a la Virgen María le pasó con su hijo, ¿por qué no podía pasarme a mí?”, se preguntó. Esa reflexión no cerró la herida, pero la transformó en camino.

Así comenzó, casi sin proponérselo, una obra inmensa. El 16 de agosto de 1994, Roxana llevó a cuatro chicos de la calle a desayunar a su casa. Ese gesto sencillo marcó el nacimiento de La Casa de Matías, aunque en ese momento ella no lo supiera. Desde ese día, nunca dejó de recibir chicos.
Hoy, más de 600 niños y jóvenes pasaron por el hogar. Algunos vivieron allí durante años; otros fueron acompañados y contenidos en distintas etapas de su vida. Siempre con una condición clara y formativa: terminar el secundario. La educación es la base para construir dignidad y futuro.

La Casa de Matías funciona únicamente gracias a la solidaridad. No recibe ayuda municipal, provincial ni nacional. Se sostiene con donaciones de empresas, comercios y, sobre todo, de familias de Jesús María y la región. Esa red comunitaria es, para Roxana, una de las mayores fortalezas de la obra.
Durante el Festival Nacional de Doma y Folclore, el hogar también abre sus puertas de otra manera. Su amplio parque se convierte en un camping familiar, pensado para quienes llegan a disfrutar del festival en un entorno tranquilo y solidario. Todo lo recaudado tiene un destino transparente y concreto: las vacaciones de los chicos y la compra de útiles escolares. No se utiliza para gastos cotidianos; es un fondo exclusivo para regalarles oportunidades y experiencias.

Con el paso del tiempo, muchos sueños se fueron cumpliendo. Desde transformar un espacio humilde en un albergue digno hasta ver a la primera joven del hogar recibirse con un título universitario en una universidad nacional.
Por todo esto, Roxana siente que Matías nunca se fue. Que sigue presente. Que acompaña. Que “revolotea” por cada rincón de la casa que lleva su nombre. Primero Dios, dice ella, y después Matías.
La Casa de Matías no es solo un hogar. Es una respuesta al dolor, una fe puesta en acción y un testimonio vivo de que el amor compartido puede transformar realidades.
Carlos Lucentti - Estación Urbana 97.5
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