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01/08/2025

Cuando una guerrilla boliviana ataque Buenos Aires

Fuente: telam

El periodista Diego Rojas, que murió el año pasado, dejó una novela que plantea una distopía porteña en el marco de una dictadura de ultraderecha

>Una regla básica para escribir una reseña dice que no se cuenta el final. Sin embargo, voy a empezar esta nota sobre Los días de La Zona con la última línea. Que dice: “A mis padres, que una vez llegaron de Bolivia. Hospital Alemán, mayo de 2024″. Ese mes, ese año y en ese lugar murió Diego Rojas, el autor de la novela que, ay, está llegando hoy a las librerías. Tenía 47 años.

Rojas había tenido hepatitis de muy chico, había peleado con ese hígado toda la vida, había estado muy mal y, durante la pandemia, De todo esto hay huellas y guiños en Los días de La Zona. Una novela construida, como hace Margaret Atwood en El cuento de la criada, como una distopía que ocurre en algún futuro cercano pero con elementos que pertenecen al pasado real y que cualquier lector argentino reconocerá. Hay una “Avenida de la Felicidad”, que se llama como el pasillo que unía salas de tortura en la ESMA, un ministro “De la Hoz”, hay cárceles del pueblo, hay camas elásticas para dar picana y hasta un combate en la General Paz que puede evocar a El Eternauta.

Para empezar, aparecen cadáveres de bolivianos que viven en la Argentina, todos con una marquita especial, un redondelito de piel como sacado con un sacabocados.

Del otro lado está -¿en alusión al político guerrillero Felipe Quispe?- el “Mallku”, el cóndor, el líder que escapó de Bolivia para hacer esta revolución en La Zona, ese espacio donde están recluidos los bolivianos, que hasta tienen que pasar la humillación de los checkpoints para ir a trabajar a la ciudad. “El Evo quiso y quiere ser estadista a la usanza occidental”, critica Fausto Reinaga, el Mallku. Que organizará un ejército implacable, capaz de fusilar a los suyos, donde las “cholas”, de pollera y trenza tendrán un papel fundamental.

Y también están “los wermus”, un grupo combativo de izquierda, que es un homenaje al cariño y la admiración de Rojas por el político Jorge Altamira, que nació como José Saúl Wermus.

Villar, el líder de Aurora, lee a los muertos de los bolivianos como le viene bien: “Que comiencen a aparecer cadáveres de bolitas demuestra algo: si no hacemos nosotros la desbolivianización, si no hacemos esta limpieza necesaria con la eficacia y la prolijidad del poder del Estado, los ciudadanos se animarán a ponerla en práctica ellos mismos, ya lo están haciendo”, dice. “‘Al enemigo, ni justicia’ es nuestro lema”, proclama, y Rojas aprovecha para tirarle un palito al peronismo.

Mientras tanto, el Mallku le habla a Ariel de la lucha: “En Bolivia hemos sentido varias veces el temblor que precede al terremoto revolucionario. Y también el ulular del país herido cuando la revolución retrocede”. Le muestra cómo es organizarse desde abajo: “¿Sabes?, en miles de casas nuestras cholas están en este momento vigilando a sus patrones. Gigante es la red, y eficiente. Silenciosa“. Y le da a Ariel un discurso indigenista que el periodista-alter ego oye con distancia: “Sus razones me parecían justas, su idealización del incanato (un imperio opresor), por lo menos ingenua, y sus métodos, locos”. Y le habla de la lucha:

Rojas disfruta -y nosotros con él- la sutil diferencia de la sintaxis boliviana del castellano, que es obvio que conoce bien y que suena a través de todo el libro. “En paz estamos con ustedes”, dice uno. “Quieto vas a estar, joven. Tranquilo también”. O: “Nadie mal quiere hacerte, pero tienes que obedecer, Ariel”. Esa sintaxis, la diferencia entre el modo de hablar de los argentinos y los bolivianos, da una textura a la novela, una trama que es parte de la trama. La diferencia de la que hablan los de Aurora -que no se privan de esbozar algo así como la “teoría del gran reemplazo” que ahora está de moda- también es lingüística.

Se disfruta la lengua como se disfruta, en el texto, la sopa de maní que Ariel toma y debe ser igual a la que se preparaba en la familia de Rojas y que el periodista no dejaba de elogiar. Porque Los días de La Zona es ficción política pero es, también, un retrato amoroso de un pueblo al que él -que era porteñísimo- también pertenecía.

Eso, queriendo o sin querer, plantea Diego Rojas, un hombre que fue a la vez valiente y amable, firme en sus convicciones y abierto al diálogo y a la amistad con quienes pensaban más que diferente. “Pero, ¿estuve siempre equivocado? ¿Es así entonces la revolución?“, se pregunta Ariel ante la violencia. Y Rojas abre la cuestión: ¿Será triunfante esta revolución dispuesta a quemar checkpoints y hacer volar un ala de la Casa Rosada?

Por algunos momentos parece que sí: “En cada casilla de chapa, en cada edificio de ladrillo sin revoque, en cada techo, una whipala -la bandera de los pueblos andinos- se izaba”, contará Ariel en algún momento. Pero esa pregunta no es fácil y Rojas tenía experiencia y agudeza política, de modo que no hay que esperar moralejas y proclamas aunque la ficción va tomando, sutilmente, una posición.

Fuente: telam

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