La tercera noche del festival tuvo de todo: un arranque clásico con Los Carabajal, la fiesta chayera de Galleguillo con dos visitas inesperadas y el aguante del público

La imagen es difícil de describir con palabras: Bruno Arias cantando y contando cómo es para un jujeño pelearla en la gran ciudad, una banda (más el agregado de los Che Joven) que lo sostiene con un sonido en una no tan improbable conjunción entre Pink Floyd y la música andina, y un público estoico bajo la persistente lluvia que molestó, pero ni por asomo opacó la tercera luna de este Cosquín 2015.

Muchos coterraneos (pero también cientos más) parados arriba de las butacas sólo por lo que dicen las canciones y a lo sumo contagiados por la danza fielmente representada sobre el escenario. Acá no hay papelitos ni arengas vacías, hay un cantor genuino acompañado por gente convencida, la misma que lo sigue a La Salamanca después del show, para continuar la celebración en las peñas, tal vez el lugar donde se mantiene intacto el verdadero espíritu de Cosquín.

El público lo hizo volver. Hay decisiones difíciles de entender en el festival: a Bruno Arias, consagrado aquí hace muy pocos años, se le asignaron sólo 25 minutos de actuación y muy cerca del cierre de una programación que cada vez se va ajustando más con los tiempos, aunque esa es otra historia. Resultaba completamente ilógico pensar que todo ese público que esperó bajo el agua se iba a conformar con tan poco. El jujeño no sólo cantó el bis asignado invitando a La Bruja Salguero (otra que llamativamente no fue convocada), sino que logró lo que (casi) nadie: arrebatarle un tema más por la insistencia del público cuando el plato donde se paran los músicos ya había girado completamente. Bruno devolvió el gesto obsequiándole su remera al coordinador del escenario.

 

Un regalo de Armenia. Un rato antes, el grupo de folklore armenio Kusan nos brindó otro de esos momentos para recordar en su debut en el festival. Con sus trajes e instrumentos típicos, símbolos de una cultura muy rica y de gran ascendencia en nuestro país, deleitaron a los presentes con piezas clásicas y dos perlitas: una de la banda de sonido de Pulp Fiction y un popurrí de zambas y carnavalitos. Además recordaron que este año se cumplen 100 años del brutal genocidio. Se llevaron un aplauso cerrado y merecido.

 

Fiesta repetida e infalible. Esta tercera luna tuvo en su prime time, que viene siendo entre la 1 y las 2, a Sergio Galleguillo. El riojano recurrió a su infalible fórmula que lo convirtió en un artista repetitivo pero necesario para los organizadores, ya que les asegura el corte de tickets acompañado por altas dosis de demagogia. Fiesta asegurada y hasta visitas faranduleras para acompañarlo.

 

Así arrancó la noche
Después de dos sofocantes jornadas vividas el fin de semana, el chaparrón de la nochecita del lunes trajo alivio a los castigados cuerpos por el calor. El mismo alivio que sintieron los organizadores cuando poco antes de las 22, el agua dio un respiro y posibilitó que la tercera noche del festival comenzara a desarrollarse sin incovenientes ante una plaza que lucía un marco más que aceptable por ser el primer día laborable y después de lo que parecía iba ser una gran tormenta que finalmente no fue tal, pero que seguramente amedrentó a más de uno.

El valor de la tradición. Esa media porción de la plaza que esperaba a Sergio Galleguillo y su festejada (y reiterada) celebración riojana, también dejó lugar para la emoción en el arranque con Los Carabajal y sus historias de patios y recuerdos.Entre a mi pago sin golpear, Memorial de los patios y Las manos de mi madre, dedicada por Musha a la suya en el día que hubiera cumplido años, fueron algunas de las más aplaudidas. Vale la pena destacar palabras del mismo Musha en la conferencia posterior a la actuación, en las que hizo honor a la tradición del folklore y criticó a los que usan el género para mostrar "cosas que no tienen nada que ver". Al que le quepa el poncho...

 

Suna Rocha tuvo que lidiar con problemas de sonido y según se contaba en los pasillos, mostró su bronca al bajar del escenario. Tal vez por eso omitió presentar a sus músicos (de gran performance por cierto) o invitó a un "mozo que toca la quena" cuando en realidad el instrumento era un sikus. En cuanto al show, la premisa fue el recuerdo a Yupanqui, con versiones adornadas por exquisitos arreglos de Daniel Homer. La conjunción de la presencia de Suna y el colorido ballet, fue la imagen para destacar.

 

A continuación, Franco Luciani desmostró una vez más porqué la plaza lo consagró hace unos años y no sólo se lució con su armónica, sino que también expuso que puede animarse a cantar sin ponerse colorado. Mención aparte para su banda de acompañamiento, muy prolija como es costumbre. Roxana Carabajal también dijo lo suyo para redondear una noche que se la bancó a pesar de la lluvia.

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