La séptima noche del Festival de Doma y Folklore cerró con Sergio Galleguillo, y antes Raly conquistó al público pero dejó gusto a poco

n los 50 años de una fiesta bien popular y sería comprensible que cualquier artista apele al repertorio por todos conocidos para complacer. ¿El premio? Llevarse los aplausos y volver a los camarines con la satisfacción de haber cumplido. Pero Raly Barrionuevo viene demostrando que no es un artista cualquiera y que la complacencia no está entre sus cánones.

Por eso, puede entenderse que con un anfiteatro colmado, en el que no cabe un alfiler, comience con la tranquila Zamba y acuarela, que suba de inmediato conAlma de rezabaile y que vuelva a bajar con Melodía viajera de su primer trabajo discográfico, Principio del final, de 1995.

Es que la actuación de Raly se fue construyendo de ese modo, manteniendo una lectura de lo que pasa en las gradas, siendo respetuoso del fervoroso público, pero siendo más fiel a sus propios principios. Como hacía mucho tiempo, a Raly se lo notó cómodo en el escenario, sin la presión de tener que gustar. Y eso el público lo percibió, tanto que comenzaron a desparramarse las parejas de baile a medida que fue avanzando el espectáculo.

El set fue apilando otros clásicos de su puño y letra como Frías, Niña Luna, Chacarera del sufrido, y logró el primer acople absoluto con el público cuando tocóHasta siempre, el clásico que Carlos Puebla le dedicó al Che Guevara. Al final, la actuación dejó gusto a poco, pese a que el público reclamó los bises que concluyeron con una aplaudida Somos nosotros. Para cuando Raly se retiró, los ánimos habían quedado preparados para la chaya riojana que traería Sergio Galleguillo y que fue acompañada por espuma y harina en abundancia en la zona de plateas y en varios lugares de las tribunas, con una actuación que se extendió más allá de las 3.30.

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