Fabiana Ojeda:
Después de la crucifixión de Jesús, dos discÃpulos van caminando hacia una aldea llamada Emaús, tristes y confundidos por lo ocurrido en Jerusalén. En el camino, Jesús resucitado se une a ellos, pero ellos no lo reconocen. Él les explica las Escrituras y les muestra cómo lo que pasó formaba parte del plan de Dios. Cuando llegan a la aldea y se sientan a comer, Jesús parte el pan, y en ese momento sus ojos se abren y lo reconocen. Inmediatamente Él desaparece. Entonces los discÃpulos regresan a Jerusalén llenos de alegrÃa para contar lo que han vivido.
Marcelo Fabian Sosa:
Este era un humor increÃble, sano, una piedra preciosa de la tv que hoy se perdió. Una pena.
Celeste Moran :
Don Mesa fue gran humorista y un muy educado señor, al escucharlo recuerdo el programa Mesa de Noticias que no me perdÃa ni uno sólo, hermosos recuerdos de esa época y ese genial programa!
Leonardo Dominguez:
Buenos dias, que lindo esta hoy el programa con estos grandes del humor, pero en lo personal al escuchar a Tato Bores es abrir una puerta a esos monólogos que parecÃan hechos para su tiempo pero que, increÃblemente, siguen sonando actuales, el recordado tato tenÃa un talento único, tomaba la polÃtica, las noticias, los enredos del paÃs, y los convertÃa en relatos veloces, filosos y llenos de ironÃa, el hablaba rápido, como si las ideas le corrieran una carrera en la cabeza, y uno tenÃa que prestarle mucha atención para no perderse ni un guiño, y lo más asombroso era eso, muchas de las cosas que decÃa hace décadas hoy podrÃan repetirse palabra por palabra, porque su humor no era solo para hacer reÃr, era una manera inteligente de mostrar la realidad, de poner un espejo delante de la sociedad, por eso sus monólogos no envejecen y siguen sonando frescos, actuales, casi proféticos, como si Tato todavÃa estuviera ahÃ, con el teléfono en la mano, contándonos —entre risas— las mismas historias de siempre, esas que el paÃs insiste en repetir, gracias por recordarlo, y los felicito por el programa los escucho a travez de la web desde Rosario de Lerma en el noroeste de la Provincia de Salta.
Tato Romero:
Que pena no tenerlo entre nos a este criollo bueno que dios lo tenga en la gloria
Federico Ardiles :
Gracias Gato! VivÃs en cada detalle de tus narraciones que nunca se habÃan reconocido en un cuento. Pero anda a saber si es cierto
Roman Ojeda:
Un capo uno que es de pueblo como era el aún entiende mejor por qué los pueblos son asà personajes de todo tipo gracias gato
Julia Echepare:
Ahora los comediantes son tan básicos y tan bizarros q está gente se extranan mucho
Gaston Almada:
Cacho tiene ese don especial de transformar lo cotidiano en algo desopilante, la vida en el barrio, los viajes, la familia, los amigos, y todo pasa por su mirada pÃcara y termina convertido en una historia llena de gracia, lo de el es un humor sano, cálido, lleno de picardÃa cordobesa, de esos que hacen reÃr sin incomodar y que dejan siempre una sonrisa larga, de las que siguen incluso después del remate, más que un comediante, es un gran contador de historias, un hombre que hace del humor una forma de abrazar a la gente y por eso, cada vez que aparece su voz, se enciende esa risa simple, sincera y bien cordobesa que lo distingue.
Daniel Greco :
Ufff que lindo recordar a estos grandes del humor y en este caso Cacho Buenaventura es hablar de un humor bien nuestro, de esos que nacen en la mesa familiar, entre mates, anécdotas y carcajadas compartidas.
Graciela Corral:
A veces estos estos personajes que parecen chiquitos en nombre, pero enormes en el corazón como el querido Don Luis, ese monjecito de voz serena que hablaba despacito, como si no quisiera despertar a nadie, pero terminaba despertando algo lindo en todos.
Fabian Navarro:
Era de esos personajes que entraban por la radio como si cruzaran la puerta de casa sin golpear, con una sonrisa en la voz y ese humor simple, del que no lastima, del que abraza. Don Luis tenÃa la magia de hacer reÃr sin gritar, de contar historias sin apurarse y de recordarnos que, aun en los dÃas difÃciles, siempre hay un rinconcito para la ternura y la picardÃa sana. No hacÃa falta verlo, bastaba escucharlo para imaginar ese gesto cómplice, esa pausa justa antes del remate, ese modo tan suyo de convertir lo cotidiano en algo entrañable, y don Luis Landricina seguirá ahÃ, en algún rincón del dial de una radio de un viejo cassette guardado en un rincon contándonos un cuento, sacándonos una sonrisa, como lo hizo toda la vida.
Atilio Funes:
Por eso, más que un personaje, Don Luis fue compañÃa de la buena, de la que no se nota hasta que falta… y cuando falta, se extraña para siempre, bendiciones maestro.
Fernanda Marino :
Landrisina tenÃa un humor suave, casi tÃmido, de sonrisa tranquila… de esos que no hacen ruido, pero iluminan, y cuando hablaba, daba la sensación de que el tiempo aflojaba el paso, como si la vida misma se sentara un ratito a escucharlo.
